Al igual que cuando se aparece un genio en los cuentos árabes, Dios dio la posibilidad a Salomón de pedirle lo que quisiera. A Dios le agradó que el joven rey no pidiera una larga vida para sí mismo, ni una corta vida para sus enemigos, ni riquezas. Salomón pidió sabiduría y discernimiento para poder reconocer el sentido profundo de la vida, gobernar a su pueblo y discernir el mal y el bien. Eso bastaba. Y Dios le concedió «un corazón sabio e inteligente, como no lo ha habido antes ni surgirá otro igual después».
Se podría decir que esta actitud profunda de Salomón, de renuncia y búsqueda para alcanzar lo importante, es la enseñanza de este domingo. La felicidad está en acertar en la opción fundamental de nuestra vida. Este es el hallazgo primordial de nuestra existencia, por el que podemos arriesgar todo lo que tenemos. Pues bien, esa gran verdad Jesús la expone en tres parábolas.
• La primera nos presenta a un jornalero. En un campo encuentra un tesoro oculto y lo esconde de nuevo. No siendo el campo de su propiedad debe adquirirlo si quiere poseer el tesoro: por tanto, decide arriesgar todos sus bienes para no perder esa ocasión realmente excepcional. Su desprendimiento es una ganancia.
• La segunda imagina a un mercader de perlas finas. Un día encuentra una de gran valor. También él decide apostar todo a esa perla, hasta el punto de vender todas las demás. No desprecia lo que tiene, sino que aprecia de verdad lo que siempre ha ido buscando.
• La tercera parábola evoca la red que los pescadores arrojan al mar. Es cierto que recoge toda clase de peces. Pero en un segundo momento, los pescadores los seleccionan cuidadosamente. Reúnen los buenos en cestos y los malos los tiran.
Las tres imágenes representan el reino de Dios. Las tres subrayan su valor. Y sugieren la necesidad de establecer con sabiduría una recta jerarquía de valores. Hay que valorar lo que realmente vale. El reino de Dios es lo contrario de las cosas superfluas que ofrece el mundo, es lo contrario de una vida banal: es un hallazgo, un tesoro que renueva la vida. Pero para conseguirlo es condición esencial el ansía de búsqueda de la verdad, que es la persona de Cristo. Cuando se halla, implica también renuncia y desapego: hemos de sacrificar por él cualquier otra cosa, poniéndolo en primer lugar y subordinándolo todo a él.