Dehonianos

Para explicar qué es el Reino de Dios, Jesús continúa hablando a sus discípulos en parábolas, utilizando ejemplos del mundo agrícola.

La parábola del grano bueno y la cizaña ilustra el problema del mal en el mundo y pone de relieve la paciencia de Dios. La narración se desarrolla en un campo que simboliza el mundo. Hay dos protagonistas opuestos: por una parte, el dueño del campo, que representa a Dios y esparce la semilla buena (trabaja a plena luz del día y permanece cerca del campo, acompañado por sus empleados que se muestran responsables y preocupados por la sementera); por otra, el enemigo, que representa al diablo y esparce la hierba mala en la oscuridad, desapareciendo luego. Los criados se asombran de que haya aparecido cizaña y quieren arrancarla cuanto antes, sabedores del peligro que tiene para la cosecha. Sin embargo, el dueño, que está preocupado sobre todo por salvar el grano, se opone diciendo: «No, no sea que os llevéis a la vez el trigo». Paciencia frente a precipitación: son dos modos de actuar y vivir la historia. Dios consiente que crezca la cizaña en el mundo junto al trigo. Ya llegará el momento de separarla.

Con esta imagen, Jesús nos dice que Dios ha creado el mundo bueno, que no es el culpable de la maldad. Pero, ahora, en este mundo el bien y el mal están tan entrelazados, que es imposible separarlos y extirpar todo el mal. Solo Dios puede hacer esto, y lo hará en el juicio final. Pero mientras llega ese momento al término de los tiempos, todos tenemos la posibilidad de cambiar en este campo de libertad que es el mundo. Por eso, la parábola es una llamada de atención a nosotros, los criados, que podemos tener la tentación de ser jueces de los demás y condenarlos rápidamente. Dios no es así. «Tú, dueño del poder, juzgas con moderación y nos gobiernas con mucha indulgencia, porque haces uso de tu poder cuando quieres» decía el libro de la Sabiduría.

Por lo general, nosotros nos situamos en el muelo del trigo, del lado de los puros, mientras que identificamos la cizaña con la demás chusma. Y lo cierto es que existencialmente todos somos trigo y cizaña, justos y pecadores al mismo tiempo. Jesús nos invita a aprender de los tiempos de Dios y a asumir su misma mirada para ser pacientes con los demás. El mayor triunfo de Dios es que los malos se conviertan. ¿A qué se debe nuestra intransigencia? ¿Estamos decididos a aceptar que el juicio final sobre el trigo y la cizaña ha de ser reservado al dueño del sembrado? ¡Cuánta paciencia tiene Dios con los pecadores, pero también con nosotros! Confiemos en su misericordia.