Lorenzo Prezzi
Suena como una advertencia formal a la Fraternidad Sacerdotal San Pío X la declaración del cardenal Víctor Manuel Fernández, prefecto del Dicasterio para la Doctrina de la Fe, del pasado 13 de mayo. Sin mandato pontificio, las anunciadas ordenaciones del 1 de julio son una grave ofensa a Dios y un «acto cismático» que conlleva la excomunión para los consagrantes y los consagrados.
Citando una Nota del Pontificio Consejo para los Textos Legislativos de 1996, la excomunión afectaría al conjunto de los sacerdotes (unos 700) y de los fieles que comparten la ruptura con el papa. Esto significa también la retirada de la licitud de las confesiones y de las celebraciones de matrimonios hasta ahora reconocida al clero lefebvriano. Un anticipo claro de las censuras previstas por el Código de Derecho Canónico sobre el acto litúrgico ilícito y grave anunciado.
La no respuesta
Una «no respuesta» llegó con la «Declaración de fe católica dirigida al papa León XIV», hecha pública el 14 de mayo.
Tras la habitual y quejumbrosa afirmación de que «la única solución verdaderamente considerada por la Santa Sede [respecto a ellos] parece ser la de las sanciones canónicas», el texto, firmado por el P. Davide Pagliarani, superior general de la Fraternidad, enumera algunas verdades fundamentales de total evidencia: la encarnación, la redención, la Iglesia (una, santa, católica y apostólica). Pero las adorna con todas las negaciones típicas del magisterio conciliar, actualizándolas con indicaciones más recientes.
Entre ellas:
a) la nueva Alianza abroga la antigua (contra el pueblo de Israel y el texto conciliar Nostra aetate);
b) la fe católica niega todas las demás (no solo las distintas religiones, sino también las distintas confesiones cristianas);
c) María es en sentido pleno corredentora (no de forma subordinada y dentro de la única redención de Jesús);
d) el culto eucarístico es esencialmente expiatorio y propiciatorio (contra la dimensión comunitaria y la participación de los fieles);
e) el código moral perfecto de los mandamientos y del Sermón de la Montaña excluye cualquier otro (contra la valoración de las grandes sabidurías de las distintas culturas, de los derechos fundamentales y del respeto a la naturaleza);
f) el pecado impuro clama venganza ante Dios (contra la prudente participación eucarística de divorciados vueltos a casar y contra cualquier forma de bendición para parejas homosexuales);
g) la teocracia cristiana es la sociedad perfecta (contra la democracia).
Con una ironía involuntaria se escribe: «El Romano Pontífice, vicario de Cristo, representa el único sujeto que detenta la autoridad suprema sobre toda la Iglesia». Pero la conclusión no es la obediencia a él, sino la desobediencia a los obispos y a su pretensión de colegialidad. Se cita a Satanás pero no al Espíritu Santo.
Funambulismo retórico
Antes de la amonestación del Dicasterio para la Doctrina de la Fe y de la Declaración de fe, se registra una amplia entrevista al superior de la Fraternidad. A modo de crónica, señalo dos elementos más: la dura nota del cardenal Anders Arborelius sobre la actividad pastoral del obispo lefebvriano Bernard Fellay en su diócesis (Estocolmo, Suecia) en agosto de 2025; y el reciente retorno a la ruptura con Roma de los «redentoristas transalpinos» (mayo de 2026).
El anuncio de las ordenaciones y el fracaso del diálogo con el cardenal Fernández del 12 de febrero han provocado disensiones incluso entre figuras cercanas a posiciones católicas conservadoras como los cardenales Robert Sarah, Gerhard Ludwig Müller, Joseph Zen y el obispo auxiliar de Coira Marian Eleganti, quienes han tomado distancia de la respuesta negativa del Consejo general de la Fraternidad.
La larga entrevista al P. Pagliarani (del 23 de abril pasado), publicada en sitios internos, es un ejercicio de funambulismo retórico para justificar una posición y una elección cargada de contradicciones.
Por un lado, la vida cristiana no sería posible en las parroquias católicas y, por otro, todo depende de la conciencia: una conclusión muy «modernista» y «conciliar». Jesús es judío observante e innovador, sin ninguna aclaración sobre el antijudaísmo de la Fraternidad. El actual magisterio contradiría la tradición, pero la prueba y la clarificación de esto no competen a la Fraternidad sino a la Iglesia.
Las divergencias en la Iglesia mostrarían su crisis irreversible, mientras que las fracturas en el «reducto» de los tradicionalistas serían signo de la verdad de la posición lefebvriana. En la entrevista, las ordenaciones no se justificarían solo por una necesidad interna, pero en el comunicado del 18 de febrero se las presenta precisamente así. Etc., etc.
Concilio general imperfecto
En la vida pastoral concreta, las divisiones reaparecen con evidencia.
Es el caso de la diócesis de Estocolmo, donde el cardenal Anders Arborelius se ha visto obligado a intervenir para denunciar la actividad indebida del obispo lefebvriano Bernard Fellay y para recordarle su estatus canónico incierto, la responsabilidad primaria del obispo local, la comunión eclesial parcial de la Fraternidad, la ilicitud de los sacramentos celebrados y su no inscripción en los registros parroquiales. Advertía de no transformar la Eucaristía, que es sacramento de la unidad, en un lugar de división y discordia.
También es indicativa la situación de los «redentoristas transalpinos», una comunidad de unos treinta religiosos nacida de la salida de algunos miembros de la congregación de los redentoristas en polémica contra la regla reformada y por la garantía de celebrar según el antiguo rito.
Iniciada en los años noventa, encontró refugio en una remota isla del norte de Escocia (Stronsay) como satélite vinculado a la Fraternidad San Pío X. Regresó a la comunión con Roma en 2008, a raíz del motu proprio Summorum Pontificum, que legitimaba el antiguo rito, y fue reconocida como comunidad religiosa de derecho diocesano por el obispo de Aberdeen, Hugh Gilbert; llegó a expandirse en Nueva Zelanda. Allí, denuncias públicas sobre exorcismos manipuladores e intrusivos llevaron al obispo local de Christchurch, Michael Gielen, a expulsar a los religiosos de la diócesis.
En un reciente capítulo general se emitió una declaración contundente en la que se vuelve a posiciones anticatólicas y antipapales. Se denuncia la ocupación modernista y masónica de la jerarquía. La herejía mortal del indiferentismo (la posibilidad de salvación fuera de los límites eclesiales) se ha convertido en parte de la doctrina y justificaría su rechazo de la jerarquía y del Concilio Vaticano II.
Se invoca un «concilio general imperfecto» —curiosa idea canónica que no afirma la «sede vacante», sino la presencia de un papa legítimo pero herético e incapaz de gobernar— que obligaría a los obispos reunidos en concilio a elegir un papa que ya no lo sería.