Dehonianos

En este domingo decimonoveno del Tiempo ordinario la Palabra de Dios nos conduce de forma tan sugerente como sencilla a una pregunta: ¿dónde encontraré a Dios?

Con este propósito, el profeta Elías se retira al monte Horeb. Y es ahí, en el lugar donde se han producido las grandes teofanías de la historia de Israel, donde es invitado a descubrir, con su propia carne, el paso de Dios.

Siguiendo la invitación del Señor de salir de lo escondido, de la intimidad de su espacio de confort, Elías, para su sorpresa, no percibe la presencia de Dios en los grandes fenómenos de la naturaleza de los que está siendo testigo, sino en una brisa suave, de esas que casi hemos olvidado porque nos hemos acostumbrado a sentirlas.

Con la pregunta que da unidad a la liturgia de la Palabra, ¿dónde encontraré a Dios?, nos adentramos en el Evangelio que nos ofrece una serie de coordenadas para poder actualizarlo en nuestra vida. Pues sí, más allá de la escena de la tormenta en el mar, nosotros estamos invitados a hacernos pasajeros de esta barca y sentir en nuestras propias carnes las inclemencias que sintieron los primeros discípulos de Jesús.

En este sentido, la barca es el lugar de la comunidad, donde se encuentra muchas veces la Iglesia y mi propia persona, como parte de esta. El mar embravecido es el caos vital, la fuerza de los acontecimientos que no comprendemos, las injusticias, y todas aquellas realidades que no nos dejan encontrar la paz. La noche nos habla del tiempo de la prueba, del silencio o la ausencia de Dios, de la duda: la noche oscura del alma que tantos santos y santas han experimentado.

Y ahí, en ese contexto concreto de estar en la comunidad creyente, sufriendo la prueba y el caos, es donde se hace presente Jesús que se autorrevela como Dios (“soy yo” – “yo soy”) e invita a la confianza (no temáis). Ante su voz, en Pedro se activa la dinámica propia de todo creyente: confiar y vacilar.

Pues sí, nuestra vida creyente es un balancín en el que unas veces nos fiamos del Señor, pero el peso o el envite de lo que nos rodea nos hace dudar y nos sumergimos, presa de nuestros propios miedos.

De este modo, en este domingo 9 de agosto, el Señor Jesús nos llama a saber tener nuestro corazón en calma para discernir el paso del Señor, bien sea en la brisa suave de la rutina que va acompasando nuestro día a día, bien sea en la noche tormentosa de nuestras dudas. Sea una, sea otra, Dios se hace presente y nos invita a salir de nuestras zonas de confort para poder reconocerle.