Giovanni Tridente
Se titula Magnifica humanitas la primera carta encíclica de León XIV. Así lo ha dado a conocer el lunes 18 de mayo la Sala de Prensa del Vaticano, añadiendo que el documento «sobre la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial» será publicado el 25 de mayo y que lleva la firma del Pontífice con fecha 15 de mayo, 135º aniversario de la promulgación de la Rerum novarum del predecesor León XIII. Giovanni Tridente, profesor asociado de Inteligencia Artificial aplicada a la comunicación en la Pontificia Universidad de la Santa Cruz (Roma), ofrece algunas consideraciones preliminares que permiten encuadrar el próximo texto papal.
Hay un detalle en el anuncio de la primera encíclica de León XIV que corre el riesgo de pasar casi desapercibido. Magnifica humanitas no se presenta simplemente como un texto «sobre la inteligencia artificial», sino como una «Carta sobre la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial».
Es un matiz decisivo. Indica ya que el centro de gravedad no es solo la tecnología que hay que regular, ni el algoritmo que hay que hacer ético, sino lo humano que hay que comprender, custodiar y acompañar dentro de una transformación ya social, cultural, económica, educativa y espiritual.
Y hay otro dato significativo: la presentación —programada para el próximo 25 de mayo en el Aula del Sínodo en el Vaticano— se realizará en presencia del Papa, con una intervención suya y la bendición final. No es un detalle protocolario. León XIV no se limita a firmar un documento ni a delegarlo en la mediación de los Dicasterios: elige estar presente. Y cuando un Papa decide estar presente, especialmente en la primera encíclica de su pontificado, ya está diciendo que ese texto no es un ejercicio temático, sino un acto de orientación.
Un cambio de etapa
En los últimos años, el léxico dominante ha sido el de la «algorética», categoría que tuvo el mérito de introducir con antelación el tema en el debate eclesial e internacional. La Pontificia Academia para la Vida, a partir de la Rome Call for AI Ethics de 2020, ha de hecho presidido —y en cierto sentido monopolizado, en el mejor sentido del término— el discurso público vaticano sobre la IA, ofreciendo una plataforma de diálogo con instituciones, empresas tecnológicas y organismos internacionales.
Ese tiempo no debe liquidarse. Ha tenido una función. Ha dicho que la Iglesia no quería llegar tarde. Ha intentado establecer un vocabulario común. Ha mostrado que incluso ante los algoritmos es necesario hablar de responsabilidad, transparencia, inclusión, equidad y fiabilidad. Pero hoy ese registro ya no basta. No porque fuera equivocado, sino porque la realidad se ha vuelto más grande que las fórmulas con las que se la había intentado captar al inicio.
Cambia la regla
Las señales son diversas. La primera es la comisión interdicasterial sobre inteligencia artificial (instituida mediante rescripto de León XIV el pasado 12 de mayo), confiada inicialmente al Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral. No es un hecho neutro. Significa sustraer el dossier de la IA de una gestión demasiado identificada con un solo ambiente, con un solo vocabulario y con una sola red de asesorías, para situarlo dentro de una trama más amplia.
La inteligencia artificial ya no se lee únicamente como cuestión bioética, ni como terreno de diálogo con las grandes tecnológicas, sino como tema de desarrollo humano, trabajo, paz, desigualdades, acceso al conocimiento y dignidad de los más frágiles. Es una redistribución del peso interno. Una forma de decir que la IA no puede ser «de alguien» dentro de la Santa Sede, porque es ya demasiado omnipresente como para permanecer dentro del perímetro de una sola institución.
Los nombres elegidos hablan
También la composición de la rueda de prensa dice mucho.
Junto al cardenal Víctor Manuel Fernández, prefecto del Dicasterio para la Doctrina de la Fe, se sentará precisamente el cardenal Michael Czerny, prefecto del Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral, que ha puesto en marcha la citada Comisión interdicasterial, y dos investigadoras de teología política, doctrina social de la Iglesia, ética de las migraciones y pensamiento social católico. Y aparece Christopher Olah, cofundador de Anthropic y uno de los nombres más conocidos de la investigación sobre la interpretabilidad de la inteligencia artificial.
No parece en absoluto una elección ornamental, sino un verdadero mapa de navegación. La cuestión de la IA se lleva, en suma, al punto en el que se cruzan doctrina, desarrollo humano, justicia social, arquitectura técnica de los sistemas y responsabilidad industrial.
Aquí se entienden mejor también las noticias difundidas en las últimas semanas sobre el diálogo entre Anthropic y algunos representantes religiosos, en particular cristianos y católicos, llamados a reflexionar sobre las implicaciones morales y espirituales de los sistemas generativos. Era la señal de que también una parte del mundo tecnológico percibe que la sola ingeniería de la seguridad no basta cuando los sistemas entran en la esfera de la conciencia, del sufrimiento, de la orientación moral y de la confianza.
Las inteligencias detrás de escena
En este escenario se inserta también el trabajo menos visible, pero no marginal, de los Minerva Dialogues y de algunas figuras que en los últimos años se han movido entre la Iglesia, la tecnología y el pensamiento social con menor exposición mediática respecto a otros ambientes vaticanos, pero con una red de interlocución real.
También es interesante observar el cambio de perfiles simbólicos: en la primera etapa de la IA vaticana, el rostro más reconocible era el de un franciscano; hoy, detrás de algunas trayectorias de diálogo, emerge la figura de un dominico como Eric Salobir, antiguo banquero, luego implicado durante años en la relación entre innovación, ética y bien común, y fundador precisamente de los Minerva Dialogues.
Obviamente, no es una cuestión de órdenes religiosos. Pero el paso parece ir de una etapa más comunicativo-diplomática a una fase más propiamente intelectual, teológico-social, quizá también más exigente.
No una declaración más
También por esto Magnifica humanitas no podrá limitarse a añadir otra pieza a la larga serie de pronunciamientos eclesiales sobre la inteligencia artificial. Nosotros mismos, siguiendo el tema desde hace tiempo, hemos contado ya 50 declaraciones del papa León XIV sobre la IA: mensajes, discursos, intervenciones, pasajes más o menos extensos, a menudo muy significativos. El punto, por tanto, no es que faltara una palabra del Papa. Palabras ha habido muchas.
La cuestión es entender si ahora se abre una fase distinta: menos fragmentada y menos ligada a la necesidad de comentar cada novedad tecnológica, y más orgánica y capaz de expresar qué visión del hombre quiere proponer la Iglesia dentro de esta nueva etapa.
Desde este punto de vista, Magnifica humanitas podría ser mucho más que un texto «sobre la IA». Es decir, no repetir que la inteligencia artificial debe estar al servicio de la persona —afirmación correcta, pero ya casi inevitable—, sino mostrar qué significa realmente custodiar a la persona cuando la técnica comienza a mediar el conocimiento, la decisión, la relación, la memoria y el deseo.
Si realmente es así, la primera encíclica (¿programática?) de León XIV no archivará la algorética, sino que la devolverá a su lugar: una exploración inicial que ahora necesita una navegación más sostenida. Porque cuando la inteligencia artificial deja de ser promesa y se convierte en entorno, cuando ya no aparece como novedad para exhibir sino como poder para discernir, la Iglesia está llamada a hacer lo que mejor ha sabido hacer en los momentos decisivos de su historia: no perseguir la técnica, sino interrogar lo humano. Y recordar que ninguna innovación merece realmente el nombre de progreso si, al mismo tiempo, hace menos legible la dignidad de la persona.