Dehonianos

Ángel Oropeza

La vida consagrada en Venezuela prosigue su propia misión evangelizadora y de servicio a los más pobres y necesitados en un contexto social complejo. Los superiores y superioras mayores del país continúan reflexionando sobre la difícil realidad nacional. En el marco de la asamblea ordinaria de los superiores mayores 2026, titulada: «Nacer de lo alto… Un camino de esperanza y de renovación profética (Jn 3, 1-8), celebrada el 29 y 30 de abril, el profesor Ángel Oropeza [1] comparte lo que define como una “fotografía” de la situación política actual de Venezuela. El texto que presentamos a continuación está tomado de su intervención con ocasión de dicha asamblea [2].

La ruptura ocurrida en enero de 2026 en Venezuela, marcada por la captura de Nicolás Maduro y Cilia Flores, fue el desenlace de una crisis de legitimidad iniciada en julio de 2024 con el rechazo de los resultados de las elecciones presidenciales.

Este acontecimiento fue el resultado de fuerzas disímiles que han convergido a lo largo del tiempo. Por un lado, están las prioridades de la administración de Donald Trump, que desde su elección se presentó como el “gran pacificador mundial”, pero los resultados de ese papel han sido ambivalentes.

Frente al estancamiento de sus esfuerzos en conflictos como el de Ucrania y Rusia, la administración Trump ha necesitado reafirmar su autoridad en lo que considera su “zona de influencia”, es decir, América Latina. El control de la región se ha vuelto indispensable para poder hacerse oír frente a la OTAN y adversarios como China e Irán.

También la dimensión económica es determinante. Con la alianza estratégica entre Venezuela y Estados Unidos se controla el 60% del mercado petrolero mundial. Washington ha buscado asegurarse este recurso y, al mismo tiempo, desplazar la influencia de potencias rivales en el área.

Por último, el factor social ha sido el detonante. Aproximadamente el 80% de la población venezolana manifestó, en una encuesta realizada a finales de 2025, una urgencia absoluta de un cambio político “a cualquier costo”. Mientras Venezuela busca su propio camino, la Casa Blanca apuesta por una “transición guiada”.

El establishment actual

El “Rodrigato” —el establishment en el poder liderado por Delcy Rodríguez— apuesta por el tiempo como su mejor aliado. Su premisa es que, al prolongar el conflicto, la presión del “tutor” externo se debilita, garantizándoles una mayor libertad de maniobra. Para capitalizar este escenario ha implementado una estrategia de dos velocidades. En el plano económico, el avance es acelerado, satisfaciendo sin resistencia ideológica las exigencias de Washington para garantizar la sostenibilidad financiera del régimen. Mientras que en el plano político los progresos son deliberadamente lentos, con el fin de evitar cualquier cambio real y bloquear la aparición de nuevos actores.

Por lo tanto, lo que estamos presenciando no es una transición, sino una normalización autoritaria, una estabilización controlada que busca consolidarse como normalidad permanente. Desde un punto de vista académico, la transición es hoy solo una hipótesis. El resultado podría implicar un desequilibrio peligroso: una estabilización económica sin democracia.

La oposición

Desde el lado de la oposición las señales no son prometedores. A pesar de los sacrificios personales de muchos de sus líderes —que han afrontado la prisión, la persecución o la muerte en lo que hoy es una profesión de alto riesgo en Venezuela—, la realidad es que el sector está profundamente fragmentado. La falta de unidad es evidente, no hay voluntad de reunirse ni cohesión estratégica.

Más allá de su debilidad estructural, la oposición parece haber perdido el contacto con el país. Cuando intenta presentar una “hoja de ruta” para la transición, lo que ofrece no es un verdadero plan político, sino una lista de buenas intenciones sin fundamento operativo.

Es fundamental comprender que la caída de un régimen autoritario no garantiza, por sí sola, la llegada de la democracia. La simple remoción de un gobernante no construye instituciones ni garantiza libertades; pensar que la salida de escena de Maduro significa el inicio automático de una democracia es un error que debemos evitar.

La economía

La actual evolución económica presenta una dualidad crítica. Aunque los indicadores prevén una mejora de la macroeconomía venezolana para este año, este crecimiento no se traduce automáticamente en beneficios para los ciudadanos.

El verdadero desafío reside en la microeconomía. Temas como el salario, el poder adquisitivo, el costo de la vida y el acceso real a servicios fundamentales como la sanidad y la educación siguen representando un gran reto. No hay señales de que el crecimiento macroeconómico mejore las condiciones de vida de la gente de forma espontánea.

Si esta brecha no se reduce, la discrepancia entre los datos del Estado y la realidad del bolsillo de los ciudadanos podría convertirse en un terreno fértil para nuevas movilizaciones y protestas sociales.

Modelos de transición

Basándonos en las investigaciones de Guo y Stradioto, existen cuatro modalidades de transición hacia la democracia, cada una con distintos niveles de éxito:

Cooperativa: acordada entre el régimen saliente y la sociedad civil. Es la que presenta la mayor probabilidad de éxito y el menor riesgo de regresión.

Por colapso: derrocamiento violento o guerra civil.

Por intervención extranjera: invasión y toma del control institucional.

Por conversión: el cambio es guiado desde arriba por las propias élites del régimen autoritario.

El escenario actual en Venezuela se define como una transición por conversión. Estadísticamente, este modelo es el más frágil: de los casos estudiados a nivel mundial, el 50% ha sufrido una regresión hacia el autoritarismo. Esta modalidad tiene la tasa de fracaso más alta porque el régimen saliente mantiene el control exclusivo del proceso.

En ausencia de contrapesos sociales sólidos —como sindicatos fuertes, una oposición cohesionada o una Iglesia influyente—, las élites en el poder no encuentran límites a sus acciones. Sin una fuerza que modere el poder, la tentación de volver a las viejas prácticas autoritarias se vuelve irresistible, especialmente cuando los costes de hacerlo son bajos para quienes detentan el mando.

¿Qué podemos hacer como Iglesia?

El gran vacío del escenario actual es la ausencia de un acuerdo que involucre a la sociedad civil. Exigir elecciones es necesario, pero insuficiente si no se definen garantías reales de sostenibilidad política para todas las partes. Hasta ahora, la crisis ha sido vivida como una obra teatral en la que nosotros, los ciudadanos, somos simples espectadores de las decisiones de actores externos.

Para que la transición tenga éxito, debe apoyarse en un trípode de tres pilares: el gobierno en funciones, que cede por fuerza o por convicción; la fuerza externa, que incide en los cambios; y la sociedad civil organizada: Iglesias, sindicatos, asociaciones de empresarios, estudiantes. Actualmente, este tercer elemento no existe. Sin una población organizada que legitime o ejerza presión, el proceso carece de estabilidad.

Frente a la dispersión de los sectores sociales, la Iglesia —como institución que aún genera mayor confianza en el país, según confirman los datos estadísticos sobre la población— tiene un papel histórico: usar su capacidad de convocatoria para que los venezolanos se reencuentren, como una madre que llama a sus hijos a reunirse.

No se trata de imponer qué hacer, sino de “poner la mesa” para que los distintos sectores dialoguen y recuperen su capacidad de incidir. Solo con una sociedad civil presente dejaremos de depender de los deseos ajenos para convertirnos en los artífices de nuestra propia democratización.

Como pastores, consagrados y consagradas, presentes en las periferias y que acompañan lado a lado al pueblo que sufre, deben sentirse llamados a influir con responsabilidad, favoreciendo espacios de encuentro con la sociedad civil, orientados al diálogo constructivo y asumiendo la inmensa responsabilidad de la construcción de una paz duradera, siendo testigos del Reino de Dios [3].

[1] Ángel Oropeza, doctor en Ciencias Políticas (USB) y psicólogo (UCAB) con máster en la Universidad de Pittsburgh. Oropeza es profesor ordinario en la Facultad de Psicología de la UCAB, donde ocupa el cargo de responsable de la cátedra de “Psicología Social”, así como en el Doctorado en Psicología. Es también profesor titular en la Universidad Simón Bolívar en el Doctorado en Ciencias Políticas y en el Doctorado en Ciencias Sociales.

[2] Para ver la conferencia completa en español: aquí.

[3] Cf. Mensaje final de la asamblea ordinaria de los superiores mayores de Venezuela 2026.

www.settimananews.it