La semana pasada las lecturas nos remitían a considerar la elección que Dios hizo con su pueblo como nación consagrada y de su propiedad. Pero ya advertíamos que conlleva una exigencia. El unirse y pertenecer a Jesucristo se nos presenta hoy en el evangelio como un imperativo máximo.
Pero hay que contextualizarlo. También el pasado domingo escuchábamos este versículo: «El hermano entregará al hermano a la muerte, el padre al hijo; se rebelarán los hijos contra sus padres y los matarán. Los enemigos de cada uno serán los de su propia casa». En tiempo de fuertes persecuciones, los padres e hijos a los que se refiere son, en realidad, los enemigos.
Lo cierto es que el verdadero amor a Jesús requiere verdadero amor a los padres y a los hijos, sino sería incoherente. Jesús no desprecia la familia humana. Pero establece una jerarquía de valores. «El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí…», dice Jesús. El afecto de un padre, la ternura de una madre, la dulce amistad entre hermanos, todo esto, aun siendo bueno y legítimo, no puede ser antepuesto a Cristo. No porque Él nos quiera sin corazón y sin gratitud, al contrario, sino porque la condición del discípulo exige una relación prioritaria con el maestro. Es imprescindible que la gente pueda percibir que para un discípulo de Jesús el centro de su vida es el Señor. No importa si luego, como toda persona humana, tiene sus límites y sus errores, con tal de que tenga la humildad de reconocerlos; lo importante es que no tenga el corazón doble. Ese es el mensaje del evangelio: evitar nuestras dobleces.
Quien así vive, será acogido y tratado bien como un profeta. En la primera lectura, un matrimonio acoge al profeta Eliseo y le ofrece su casa. Ese gesto tiene como recompensa tener un hijo. En el evangelio, Jesús dice que quien acoge a un enviado suyo le está acogiendo a Él mismo. Este es el mayor regalo. En consecuencia, Jesús presenta ante sus discípulos el horizonte de una amplia familia universal que todavía no pueden imaginar.