La primera lectura nos narra como el profeta Jeremías escuchaba los cuchicheos y comentarios amenazadores de sus vecinos. Trataban de delatarlo, de atraparlo y de vengarse de él. El delito de Jeremías no era otro que advertir a su pueblo de su impiedad e inmoralidad. Esa situación no es exclusiva de Jeremías. Quien anuncia la verdad y denuncia la mentira será acusado de no respetar el orden establecido. En algunos lugares el mensajero de la justicia es directamente asesinado. En otros, se comienza por declararlo “persona non grata”.
La persecución aparece también en el evangelio. Los discípulos de Jesús han de saber que la misión no va a ser fácil. A veces soñamos con una vida cómoda, sin problemas, pero eso no existe. Tampoco existe la misión cristiana tranquila. Las palabras de Jesús son una invitación a anunciar el mensaje con decisión y libertad.
Jesús repite hasta tres veces la exhortación “No tengáis miedo”. San Juan Pablo II escribía en su primera encíclica Redentor del Hombre, que hoy vivimos apresados por el miedo. Es uno de los peores enemigos de nuestra vida cristiana. Jesús ofrece a sus discípulos dos razones para superar el miedo:
– No han de tener miedo a los hombres, porque sirven a la verdad y la mentira termina por ser descubierta.
– No han de temer a los que matan el cuerpo pero no pueden matar el alma. Así que han de saber valorar el tesoro de su libertad.
De todas formas, habrá ocasiones en las que los discípulos de Jesús nos preguntemos si merece la pena arriesgar tanto por la misión que nos ha sido encomendada. Jesús parece intuir ese titubeo y responde con una parábola. Todos conocen el precio de los gorriones que se venden en la plaza por una moneda insignificante. Pero de todos ellos cuida el Padre. Con más razón cuidará de los que han sido elegidos por Jesús. Hasta de sus cabellos lleva cuenta Dios. No han de tener miedo, porque el Padre celestial los conoce personalmente y vela por ellos. Así que podemos caminar y vivir con confianza.