Dehonianos

10 de mayo de 2026

A lo largo de los domingos de Pascua, el Señor Resucitado ha manifestado la importancia de la comunidad. A través de sus apariciones, palabras y gestos, Jesús ha liberado a los suyos de sus temores, reorientándolos hacia la misión. Durante este tiempo, el Señor no ha cesado de enseñar a quienes llamó, recordándoles sus palabras y mostrándoles los signos de su pasión. Sin embargo, su enseñanza más profunda ha sido el testimonio de su fidelidad apasionada al Padre y su sintonía con el Espíritu, revelando la relación inquebrantable que mantiene con ambos.

No todos supieron conservar este mensaje en su corazón. Un ejemplo de ello es Felipe, un discípulo emprendedor pero temeroso que, ante la persecución, decidió alejarse del grupo para seguir su propio rumbo. Aunque continuó hablando de Jesús e incluso realizó prodigios en su nombre alcanzando cierta popularidad, su predicación careció de la esencia fundamental al obviar tanto al Espíritu como al Padre de Jesús.

De esta manera, Felipe no solo se privó de su propia comunidad, sino que también privó a sus oyentes de conocer la comunidad de Jesús, constituida en el amor con el Padre y el Espíritu Santo. Esta situación cambió con la visita de Pedro y Juan, quienes proporcionaron a los de Samaría un conocimiento de Jesús que trascendió el emotivismo inicial suscitado por Felipe.

La comunidad de los seguidores de Jesús, por lo tanto, no está llamada a construirse en torno al liderazgo individual de sus miembros, sino a enraizarse en la comunidad viva que Jesús revela junto con el Padre y el Espíritu. Contemplarla, acogerla, colaborar con ella y anunciarla es la misión que el Resucitado confía a los suyos para que, apasionados por la causa del Padre y guiados por el mismo Espíritu, puedan ser imagen creíble del Evangelio.

En medio de las rivalidades y las ambiciones humanas, la comunidad que Jesús muestra a sus discípulos supera los egoísmos e indiferencias que tanto sufrimiento acaban generando. Frente a quienes buscan destacar y atraer por su exclusividad, la comunidad del Hijo ofrece a todas las gentes, un hogar real y cercano cimentado en el amor que se transforma en vida, encuentro y compromiso para con todos.