Dehonianos

17 de mayo de 2026 – A

A la luz de lo que relata el evangelista Lucas, se podría decir que la cincuentena pascual fue para los discípulos, en realidad, una «cuarentena». Durante este tiempo, el Señor resucitado cuidó de ellos de manera especial, consciente de que para la mayoría no bastaría con haberlo visto una o dos veces.

Jesús conocía bien sus miedos y resistencias. Sabía cuánto les costaba comprender que el Evangelio no era una guía para restablecer el poderío de una nación, pues seguían obsesionados con un reino terrenal. Ante esto, cabe reflexionar: ¿cómo hacerles entender que su misión es dar testimonio vivo del amor del Padre como servidores de todos, «hasta el confín de la tierra»?

Jesús aprovecha la resistencia de los suyos para darles a conocer más de sí mismo. Les muestra, una vez más, que vive y trabaja en equipo, en comunidad permanente con el Padre y el Espíritu. Pero la suya es una comunidad que no se rige por las ambiciones de poder de este mundo, sino por el deseo infinito de ofrecerse a todos en el amor que repara y la vida que dignifica.

La ausencia de Jesús no debe entenderse como una claudicación, un abandono o una muestra de desinterés. Al contrario, representa un relevo dentro del mismo equipo: con su vuelta al Padre, Jesús abre el camino al Espíritu. Junto a ellos, el Resucitado continuará acompañando a la comunidad naciente para que sean testigos creíbles en el mundo, enseñando a «guardar todo» lo que él ha mandado.

Con su ascensión, Jesús confirma que, junto con el Padre y el Espíritu, confía plenamente en la pequeña comunidad. Su partida se convierte, de este modo, en un envío. A pesar de sus fragilidades y de todo lo que aún deben aprender, aquellos hombres y mujeres están llamados a ser la semilla buena que se esparce por todos los caminos.