La fiesta del Corpus tiene mucho arraigo en nuestros pueblos. Tanto su celebración como las procesiones son manifestación de lo más profundo de la fe cristiana. En la eucaristía contemplamos y adoramos al Dios del amor. Jesús se entrega totalmente, se da como pan partido para los demás, dona su vida y muerte. Todo ello lo expresamos con nuestra liturgia y lo hacemos público con nuestras tradiciones. Hoy celebramos lo que vivimos en cada eucaristía.
La primera lectura del Antiguo Testamento hace alusión al maná, ese alimento milagroso que fue enviado por Dios a modo de escarcha para alimentar al pueblo de Israel en el desierto, de camino hacia la Tierra prometida. Por eso, ha sido considerado anticipo de nuestra eucaristía. Aquí, en este fragmento, el maná tiene dos significados principales. El primero, hace referencia a la nutrición y la energía: salvó del hambre y la muerte al pueblo en un momento crítico de carestía; el segundo, a la memoria: en un momento posterior de abundancia, guardado en el Arca de la Alianza, trae al recuerdo, para que no caiga en el olvido, que fue Dios quien intervino en la historia y sacó al pueblo de la esclavitud de Egipto. En este mismo sentido salvífico, nuestra eucaristía también es alimento y memorial.
En la segunda lectura, encontramos una de las primeras reflexiones eucarísticas de la historia, cuya autoría corresponde a san Pablo. De nuevo dos ideas destacan. La primera, que la eucaristía es la actualidad del cuerpo y la sangre de Cristo y, por tanto, adhesión y vinculación vital a su misma persona, que se hace co-actual a nosotros. La segunda, que la eucaristía es fundamento de unidad: la actualidad de Cristo en cada uno, nos une creando un solo cuerpo, un solo estar en el mundo; los que somos muchos, por la eucaristía nos volvemos uno solo.
Por último, el evangelio de Juan, que recoge un fragmento del discurso de Jesús sobre el pan de vida, subraya otros dos aspectos de la eucaristía. El primero es su autenticidad: Jesús es el verdadero pan divino que alimenta, el real, y no el maná; no hay otro que se le pueda comparar. El segundo es su futuridad: es un pan que nos asegura el mañana, que incluso nos anticipa la resurrección y nos encamina a la vida eterna. Quien se alimenta de él con fe, no morirá. Repartir y compartir con los demás lo que somos y lo que tenemos, es vivir para siempre.