Marco Mazzotti
Un capuchino y un jesuita participan en unos ejercicios espirituales. Una tarde, el capuchino ve en el jardín al jesuita paseando con el breviario abierto y una pipa encendida en la boca. Se acerca discretamente al ignaciano y le pregunta: «¿Cómo ha conseguido convencer a su superior? Yo pregunté si podía fumar mientras rezaba, pero me lo prohibieron». El jesuita se quita la pipa de la boca y responde: «Fue fácil. Yo pregunté si podía rezar mientras fumaba».
La oración es siempre un asunto “resbaladizo”, difícil de asir y de manejar con soltura. Tenemos muchos estereotipos en la cabeza sobre este tema, y para los jóvenes es difícil rezar y también hablar de la oración. Me parece distinguir dos grandes dificultades.
Por un lado, la casi total incomprensibilidad de la “oración oficial de la Iglesia” (laudes y vísperas, para entendernos). Los términos usados, el lenguaje de los salmos, el ir y venir dentro del breviario (cuando además hay memorias o fiestas, es peor que ir de noche)… nada ayuda a la comprensión ni a la participación. Por otro lado, la convicción de que la oración debe ser algo personal, íntimo, y, por tanto: «son asuntos míos, ¿por qué tengo que rezar según ciertos esquemas, junto con otros?».
En una tira dominical de Peanuts de 1963, Sally se esconde junto a su hermano Charlie Brown y, segura de que nadie puede oírlos, le susurra al oído: «We prayed in school today», «Hoy hemos rezado en la escuela». Inaudito: una oración en público.
Creo que ambas dificultades contienen algo de verdad. A menudo los sacerdotes tendemos a justificar la oración coral clásica de varios modos, hablando de la universalidad de la Iglesia, presentando los salmos como la oración que también rezaba Jesús… argumentos más que válidos, pero queda un dato de fondo, incrustado como una joya irremovible en la espiritualidad bíblica. Si la oración es un gesto de amor y estamos llamados a amar a Dios «con todo el corazón, con toda el alma y con todas las fuerzas» (Dt 6,5), entonces la oración disfruta —y debe disfrutar— de todas nuestras facultades, de nuestras capacidades específicas, de nuestra índole particular y única y, last but not least, de nuestra creatividad.
La fantasía en la oración da miedo, porque tememos que demasiada fantasía amenace la claridad de nuestros gestos y palabras. Es verdad. Y, sin embargo, la oración es el lenguaje en el que somos realmente libres, en el que gozamos de una acogida de trescientos sesenta grados, en el que no podemos ser juzgados, sino solo amados. Hay una pregunta irrefrenable dentro de nosotros, raramente expresada pero siempre presente: ser protagonistas de lo que hacemos. Es una pregunta profunda, y es Dios quien la ha puesto en nosotros.
Como el malabarista Barnabé de Compiègne, en el famoso relato de Anatole France. Él puede rezar a María en el monasterio, aunque no sepa cantar, ni escribir, ni hacer grandes pensamientos teológicos. Su oración está hecha de fantasía y destreza, como la de todos, pero la suya es particular: hace malabares en la iglesia, ante la estatua de María. Entre salto y voltereta, María acoge su oración más que la del prior erudito, inclinado sobre libros de teología y espiritualidad.
Entonces quizá, más que un camino de “formación en la oración”, como si existieran esquemas prefijados de oración a alcanzar, podríamos pensar en un camino de “formación de la oración”, conduciendo y dejándose conducir por la voluntad y la creatividad. Una oración nueva, que no excluya las formas más “clásicas”, sino que las vea como estímulo, modelo, etapa o incluso meta, dentro de una visión dinámica de crecimiento en la relación con Dios y con la comunidad.
Dios acoge siempre nuestras oraciones, ofrenda sencilla y pobre de lo que somos, poesía hecha carne, sin ocultar ni exhibir nada. Quizá pide que recemos porque quiere asombrarse ante la belleza del ser humano. Al fin y al cabo, también Él corre el riesgo de aburrirse a veces: un poco de originalidad no puede sino gustarle.