Celebramos hoy la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús. En este ciclo litúrgico A las lecturas, especialmente el Evangelio de Mateo que hemos escuchado, apunta hacia la verdad profunda de la devoción al Corazón de Cristo.
No es una cuestión visceral (no estamos contemplando un órgano físico únicamente) sino que atendemos a la interioridad de Jesús, sus sentimientos, sus motivaciones, para aprender de ellas a ser verdaderamente humanos.
“Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón”. Este es el centro de nuestra devoción: contemplar a Cristo, lo más íntimo de Cristo, para reproducirlo en nuestra vida.
Lo primero que percibimos es que el conocimiento de Cristo no es una cuestión puramente racional. La fuerza operativa más fuerte en este proceso no es la inteligencia, sino el conocimiento que brota del contacto, de roce con la persona que se desea conocer.
Por tanto, los tesoros de la sabiduría del Corazón de Dios están abiertos para todos aquellos hombres y mujeres que quieran aproximarse a él, gustando y degustando la dulzura de este amor.
Decía el papa Francisco en la encíclica Dilexit nos que “el corazón es el lugar de la sinceridad, donde no se puede engañar ni disimular. Suele indicar las verdaderas intenciones, lo que uno realmente piensa, cree y quiere, los “secretos” que a nadie dice y, en definitiva, la propia verdad desnuda”.
Es, por tanto, ante este Corazón donde nuestra verdad queda completamente desnuda. Es la intuición de San Agustín que decía que el Señor era más íntimo que su propia intimidad.
Al encontrarnos con Cristo de corazón a corazón, van cayendo nuestros ídolos, nuestras barreras, para aprender cual es la esencia, el ADN del Evangelio: seguir a Cristo, cargando su yugo; descansar en Él de nuestras preocupaciones y ocupaciones; aprender de Él a ser verdadera y plenamente humanos.
Así, vuelve a resonar en nosotros las palabras de León XIV a los jóvenes congregados en la Plaza de Lima la noche del 7 de junio, donde encargaba una misión: “que seáis humanos. Sí, ¡sed humanos!: hombres y mujeres de carne y hueso. No apariencias, sino rostros fiables. Personas que buscan la justicia porque tienen hambre de ella, como del pan de cada día”.
Dios nos quiere verdaderamente humanos, plenamente humanos, sencillamente humanos. Y para que veamos que esta vocación no es un idilio, ni una utopía, nos envió a su Hijo, al primogénito, para que, trabajando con manos de hombres, amando con corazón de hombre, nos enseñara el realismo de este proyecto, de este sueño de Dios.
Quizás pueda pasar por nuestra mente la idea de que nuestra vida no esté en condiciones como para que se produzca todo esto, pero no podemos olvidar que Jesús nos invita al encuentro con Él, tal y como estemos, cansados y sobrecargados, estresados o deprimidos, alegres, en la cima de nuestra afectividad o hundidos en el valle de nuestras faltas de amor. No pide perfección inicial, sino que, acompasándonos a su corazón, viremos creciendo en ese concepto de perfección que es vivir intentando estar a la altura del amor que nos ha creado, redimido y convocado.
Aprendamos, hermanas y hermanos, a vivir según el proyecto de Cristo Jesús que nos ha liberado con su amor.