Fabrizio Mastrofini
En Madrid, entre la multitud desbordante del domingo del Corpus Christi (estimada en 1,2 millones de personas), había sin duda muchísimos fieles; de hecho, eran la mayoría. Del mismo modo, la noche anterior, entre los jóvenes reunidos para la vigilia en la Plaza de Lima, todos o casi todos buscaban el camino señalado por el Evangelio.
Y León XIV no dejó lugar a dudas en España sobre cuál es el mensaje, el punto central del Evangelio. Respondiendo a las preguntas de los jóvenes —según el ya consolidado esquema del diálogo, que favorece una participación directa e inmediata—, el Papa indicó el camino.
«Quiero confiaros a todos una misión: ser humanos. Sí, ¡sed humanos! Hombres y mujeres de carne y hueso. No apariencias, sino rostros dignos de confianza. Personas que buscan la justicia porque tienen hambre de ella, como del pan de cada día. Personas que desean una vida honesta y recta, porque hacen a los demás lo que quisieran que los demás les hicieran a ellos. Sed humanos como lo es Cristo, el hombre perfecto, el Resucitado que comparte con nosotros la historia en todo tiempo. Cultivando este compromiso, mirad a los Apóstoles y a los primeros cristianos, habitantes de un mundo pagano. Siguiendo su ejemplo, sed misioneros del Evangelio ante las pobrezas materiales y espirituales de nuestro tiempo, sabiendo bien que nuestra fe es un estilo de vida que se realiza en la caridad. Esta es, queridos jóvenes, la virtud que más que ninguna otra cambia la historia. ¡Vosotros podéis cambiar la historia! ¡Hacedlo con amor! Gracias».
No es poca cosa. El domingo, en la homilía de la Misa del Corpus Christi —una fiesta muy sentida y participada, que incluye la gran procesión, también aquí en la Plaza de Cibeles con el Papa—, León XIV tendió un puente entre pasado, presente y futuro. Recordó que la fiesta no es «un recuerdo nostálgico», una especie de monumento al pasado. La Eucaristía es siempre el centro vivo y palpitante del mensaje de Jesús al mundo.
«He aquí, por tanto, una tarea para la España de hoy y de mañana: que la religiosidad que desde hace siglos anima a este país no sea un museo del pasado que se visita, sino una escuela de fe de la que también hoy podamos beber. Una escuela que nos enseñe a arrodillarnos ante Dios y ante el prójimo, porque nadie puede arrodillarse ante el Señor y despreciar al hermano; una escuela que nos enseñe la gratuidad del amor que se entrega como don, para que circule entre nosotros y rompa las cadenas de todo egoísmo; una escuela en la que aprendamos que Dios es presencia real y que también nosotros estamos llamados a estar presentes en las situaciones y desafíos de la sociedad, a no huir, a comprometernos personalmente en la construcción del bien común».
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Pero el mensaje religioso por sí solo no basta. Y, de hecho, siguiendo el esquema ya consolidado de los viajes papales, este también comenzó con el encuentro con el Cuerpo Diplomático y las autoridades civiles. La libertad religiosa y de conciencia debe ser siempre protegida, subrayó el Papa. Un mensaje fuerte y claro para toda Europa, para Occidente y para el mundo entero. Y, para ser aún más explícito, continuó señalando que:
«Hoy, la tentación de ganar popularidad avivando el fuego de las polarizaciones parece crecer en lugar de disminuir; la dignidad humana sigue siendo vulnerada. Por ello necesitamos cultura, interioridad, una educación libre y de calidad, y trascendencia. Sin embargo, desde estas noches oscuras, hombres y mujeres fieles a la verdad han sido impulsados a avanzar de estancia en estancia hasta llegar al punto en que, en la conciencia, la justicia y la paz se abrazan. Es de su libertad de donde aprendemos a ser libres. La Iglesia católica está al servicio de esta sed del corazón humano. No de manera impositiva, sino mediante el testimonio evangélico sostenido por una multitud de mártires y santos, y está dispuesta hoy a ponerse al servicio del futuro de un pueblo que busca reconciliación y paz».
Pero el Papa no se detuvo ahí. Quiso ser todavía más claro.
«Apreciar la complejidad y estudiarla, aprender a no negarla y a habitarla como una bendición, evitar esos enfoques identitarios que parecen aclararlo todo, pero que llenan el mundo de fantasmas y enemigos: esta es la tarea de quienes tienen una gran historia a sus espaldas. Las nuevas tecnologías se han convertido en un entorno artificial en el que nuestras opciones fundamentales son puestas a prueba: dentro de él, los prejuicios se exacerban, el pensamiento crítico se debilita y poderosos intereses siembran impulsos de muerte. Por otra parte, el bien puede resistir y comunicarse».
Pero para hacerlo, para llevar a cabo esta tarea, es necesario el compromiso de quienes tienen responsabilidades económicas, políticas e institucionales, mediante inversiones específicas en la formación y la educación a todos los niveles, en favor de las comunidades locales y de la sociedad civil en general, entendida como un «semillero de participación y mediación cultural».
Y, continuando su reflexión, unió la experiencia del pasado con la del presente de manera dinámica, algo que con demasiada frecuencia olvidan quienes privilegian «los relatos divisivos y polarizadores de vuestra realidad social y de vuestra historia, para pasar de las simplificaciones estériles a la apreciación fecunda de la complejidad». Sin embargo, la historia cuenta una realidad diferente.
«La presencia del islam en la Península Ibérica, por ejemplo, constituyó una realidad política, cultural y religiosa de larga duración. Durante ese período no hubo únicamente confrontación; también se intentó crear un espacio de encuentro, conversación y diálogo sobre el sentido de la verdad entre cristianos, musulmanes y judíos. En la Escuela de Traductores de Alfonso X el Sabio, expertos pertenecientes a las tres religiones colaboraron en la traducción del rico patrimonio árabe, griego y hebreo, contribuyendo a la difusión de textos como, entre otros, los de los filósofos Averroes (1126-1198) y Maimónides (1138-1204). En particular, ciudades como Córdoba y Toledo se convirtieron en lugares de mediación entre lenguas, religiones y saberes. Pero esta es la verdad que cuentan las ciudades europeas: su estratificación histórica, el tejido de solidaridad que a lo largo de los siglos ha articulado sus diferencias, transformando los inevitables conflictos en puntos de partida para nuevos comienzos».
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El tema fue retomado posteriormente, de una forma más clásica, en el discurso pronunciado ante el Parlamento el lunes 8 de junio por la mañana, donde el Pontífice enumeró los principios de la visión moral católica: la defensa de la vida humana, el bien común, la defensa de la familia y, sobre todo, una Europa capaz de aportar una visión de paz. La combinación de los principios clásicos con el tema de la paz constituye uno de los aspectos más innovadores del enfoque de León XIV.
«Como recuerda el lema de la Unión Europea, In varietate concordia (“Unidos en la diversidad”), la verdadera unidad no uniforma, sino que cohesiona en la diversidad, haciendo de las culturas, las sensibilidades y las tradiciones una oportunidad de enriquecimiento mutuo».
En el mismo discurso ante los miembros del Parlamento añadió:
«A nivel internacional, la paz exige valentía diplomática, responsabilidad ética y una visión de futuro basada en el respeto a la identidad de cada pueblo y en la obligación de los Estados de resolver sus controversias por las vías pacíficas que ofrece el derecho internacional. Toda guerra constituye, en última instancia, una dolorosa derrota de la capacidad de negociar y también de esa conciencia común de la humanidad que reconoce vínculos de justicia entre las naciones. Las armas pueden imponer un silencio temporal, pero jamás podrán construir una paz auténtica y duradera. Por ello, resulta preocupante que, en diversas partes del mundo, y también en Europa, el rearme vuelva a presentarse como una respuesta casi inevitable ante la fragilidad del escenario internacional. La verdadera seguridad, en cambio, nace de la justicia, del diálogo paciente, del respeto al derecho internacional y de una política capaz de anteponer la vida de los pueblos a los intereses de quienes obtienen beneficios de la guerra».
Los periódicos españoles han dado relevancia al tema de los abusos —una cuestión muy sensible en España— destacando el encuentro con las víctimas y el llamamiento a los obispos para impulsar «cambios reales» en nombre de una política de «pacificación» interna. Por su parte, el grupo de víctimas ha pedido una «respuesta más eficaz» por parte de la Iglesia.
De manera más prosaica, el diario conservador ABC tituló hoy: «El Papa recordó a las Cortes que la dignidad humana precede a la política. Muchos aplaudieron; pocos se sintieron interpelados».