Laura Destro
Con el último encuentro, impartido por Lorenzo Fioramonti [1], titulado La importancia de situar en el centro de la economía la calidad de vida de las personas y de los ecosistemas: una introducción a la wellbeing economy, se ha concluido el ciclo de conferencias «Por una nueva economía del siglo XXI», organizado por la Biblioteca Comunale Teresiana de Mantua.
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Al introducir el tema, el prof. A. Malcevschi subraya la gravedad del momento por las consecuencias sobre la economía mundial de la crisis energética provocada por la guerra contra Irán. A las presiones de la inflación, ya perceptibles en el aumento del coste de la vida, se añade el riesgo aún mayor de la estanflación, que combina la erosión del poder adquisitivo de los salarios y la contracción de la productividad.
Estamos a punto de «recaer» en la dramática situación que dominó la economía hasta los años setenta y que las políticas neoliberales nos hicieron creer, durante cuarenta años, que habíamos superado, pero cuyos desastres son tangibles a la vista de las desigualdades que afectan a todos los países de Occidente. Tras el Covid, el 10% de la población vive en condiciones de pobreza absoluta, agravada por la precariedad sanitaria, la inestabilidad climática y la ineficiencia institucional.
Ante esta policrisis —se pregunta el prof. Malcevschi—, ¿es posible seguir perpetuando este modelo económico o hace falta un nuevo enfoque? Y si el objetivo del neoliberalismo es maximizar el beneficio, ¿cuál es el propósito de la economía del bienestar?
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El problema actual no es solo Trump o el estrecho de Hormuz, sino —confirma el prof. Fioramonti— la economía liberal, que no ha producido los resultados esperados. En un sistema cerrado con recursos finitos como es nuestro planeta, los economistas nos convencieron de que los recursos eran infinitos, fomentando una práctica de abuso que, aunque justificable en el periodo de la reconstrucción, en las décadas posteriores, con las sociedades de consumo, ha generado problemas sociales, económicos, sanitarios, educativos y ambientales, cuyas consecuencias se manifestaron especialmente con el Covid.
Describir a los ciudadanos como consumidores, como hicieron los teóricos del neoliberalismo, implica pensar que sus mentes, al modo de las bacterias respecto a los tejidos humanos, pueden ser colonizadas y por tanto dominadas a través de la necesidad de consumir. Pero esta analogía ha resultado fallida, porque la apropiación de recursos impulsa la competencia, que a su vez genera inseguridad; para afrontarla, se vuelve necesario armarse, como ocurre en EE. UU., que invierte el 20% del PIB en gasto militar. Muy distinto es el caso de Costa Rica que, al optar por no tener ejército, vive en paz desde hace más de 70 años.
Hoy resulta claro que este modelo de desarrollo está en el origen de todos los males actuales, por lo que es necesaria una inversión de rumbo y la propuesta de modelos orientados al bienestar, de modo que las policrisis se transformen en poli-oportunidades.
Si los seres humanos desaparecieran —continúa Fioramonti—, después de un millón de años de ellos solo quedarían los residuos, como testimonio de la espiral autodestructiva que, acelerada desde los años cincuenta, se ha caracterizado por el saqueo de recursos, el crecimiento descontrolado de la población, la urbanización salvaje, la obsesión por el PIB y el cambio climático.
Datos desastrosos con consecuencias económicas igualmente graves, si se piensa en cómo el valor de los inmuebles en zonas de riesgo hidrológico ha caído en picado. Y esto no solo en Italia, sino en regiones motor de la economía como Florida y California, y en países como Australia.
Un desarrollo que, ininterrumpido hasta hoy —salvo la crisis de 2008 y el periodo del Covid—, había generado bienestar hasta los años setenta, pero luego invirtió su tendencia, porque la fiebre productivista ha presentado su “factura humana”: estrés, sobretrabajo, ruptura de vínculos familiares, soledad, abandono de los más vulnerables, descenso del nivel educativo, criminalidad, todo ello en una circularidad de causa-efecto.
Las desigualdades y el aumento de la pobreza han hecho el resto, y ahora los gobiernos —como el Ministerio de la Soledad creado en Inglaterra— están llamados a reparar los daños sociales producidos por la desaparición de las comunidades que antes ofrecían una red de protección.
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Más que beneficios, este desarrollo ha generado problemas, y ahora el cambio climático exige con urgencia políticas energéticas sostenibles para preservar los bosques, construir ciudades habitables y garantizar la salud de las generaciones futuras. Por ello, calidad, mejora, optimización, impacto positivo y liderazgo del cuidado deben convertirse —afirma el profesor— en las palabras clave de un modelo de desarrollo que, equiparando bienestar y regeneración, busca «crear más valor del que se extrae», según la lógica de «de más a mejor».
Sin embargo, seguimos en la cúspide de un sistema extractivo guiado por la cantidad, el crecimiento expansivo y la maximización, con sus conocidas consecuencias negativas.
Es necesaria, por tanto, una conversión hacia una economía del bienestar (wellbeing economy), mediante la difusión de «sociedades de beneficio y otras organizaciones orientadas a este fin», que, con el objetivo de ir «más allá del PIB» y «más allá del crecimiento», impulsen a nivel político reformas fiscales y políticas nacionales orientadas al bienestar, y a nivel europeo «procesos institucionales alternativos» capaces de «moldear la identidad europea».
La “cultura del cuidado” es la forma de liderazgo con la que debemos competir: para evitar que el “residuo humano”, en un sistema cerrado, reaparezca como problema, es necesario desarrollar modelos culturales que superen el “pensamiento lineal” de causa-efecto —cuyos resultados son destructivos— y adopten un “pensamiento sistémico” capaz de evaluar todas las consecuencias posibles de las acciones humanas.
Así, nuevos modelos empresariales —como los promovidos por el prof. Fioramonti [2]—, al situar la sostenibilidad en el centro, pueden crear valor para todas las partes implicadas y promover una gobernanza global centrada en el bienestar [3], integrándolo «a largo plazo para todos» en los procesos de decisión y en las estrategias organizativas, con sistemas de evaluación que garanticen el bienestar colectivo.
Más de 5.000 son las sociedades de beneficio en Italia, con más de 225.000 empleados y más de 63.000 millones de facturación: un modelo para el mundo, también gracias a las leyes vigentes desde 2016[4].
El objetivo del bienestar, sin embargo, es más amplio —concluye el profesor—, porque las políticas económicas deben ir acompañadas de políticas sociales que lo favorezcan mediante inversiones en prevención, educación y medio ambiente, para evitar el aumento de los costes sanitarios físicos y mentales en los presupuestos públicos.
Notas
[1] Lorenzo Fioramonti, economista y profesor en diversas universidades internacionales en Inglaterra, Sudáfrica y Alemania, ha sido Ministro de Educación, Universidad e Investigación, y ha coordinado en instituciones académicas, centros de investigación y ONG internacionales proyectos relacionados con temas de política económica e indicadores alternativos del progreso social. Entre sus publicaciones, Un’economia per stare bene. Dalla pandemia del Coronavirus alla salute delle persone e dell’ambiente (Chiarelettere, 2020); Il mondo dopo il PIL. Economia e politica nell’era della post-crescita (Ed. Ambiente, 2019). Actualmente ha establecido relaciones de colaboración con NATIVA, sociedad de beneficio, para acelerar la transición hacia la sostenibilidad.
[2] Lorenzo Fioramonti colabora como academic directorcon NATIVA, una sociedad de beneficio que tiene como objetivo desarrollar proyectos y alianzas locales e internacionales entre empresas e instituciones para acelerar la transición, reforzando también el reconocimiento de Italia como “laboratorio de innovación para la sostenibilidad y el bienestar”. El objetivo es además poner a disposición el valor de esta experiencia a nivel educativo, a través de cursos generales y especializados sobre sostenibilidad dirigidos a profesionales, estudiantes y comunidades, así como experiencias innovadoras de formación y networking inmersivo.
[3] De la Welbeing Economy Governements (WEGo) esta alianza internacional entre países que buscan replantear las políticas económicas, superando la dependencia del PIB para situar en el centro el bienestar de las personas y la sostenibilidad ambiental, forman parte Escocia, Islandia, Nueva Zelanda, Gales, Finlandia, Canadá, Australia y Brasil.
[4] Las leyes sobre las sociedades de beneficio están en vigor, en Europa, en San Marino, Francia y España, y en el mundo, en Estados Unidos, Puerto Rico, Colombia, Canadá, Ecuador, Perú, Argentina, Uruguay, Panamá y Ruanda. Diez países, entre ellos Suiza, Australia, Chile, Taiwán, Corea y el Reino Unido, están desarrollando una legislación específica.