Dehonianos

Giuseppe Villa

La obra lucana no se limita a contar la vida de Jesús: construye un verdadero camino de verdad, en el cual el lector se ve implicado desde el inicio. La revelación inicial, confiada a Teófilo, no es una información para poseer, sino una promesa que debe verificarse a lo largo de la narración.

La verdad, en Lucas, no se impone como doctrina abstracta: toma cuerpo en la historia, en los afectos, en las relaciones, en la carne de Jesús y en la memoria de sus testigos. Es una verdad que se deja ver, tocar, sentir, y que se vuelve creíble precisamente a través de esta corporeidad.

Los ocho puntos que siguen intentan mostrar cómo Lucas acompaña al lector en este proceso: desde la revelación inicial hasta la ‘veridición’ apostólica, desde la densidad afectiva y corporal del relato hasta la responsabilidad del testimonio, hasta la destinación actual de su obra para quien hoy busca una fe que sea experiencia y no solo enunciado.

La revelación inicial y el privilegio del lector

Desde el inicio de su Evangelio, Lucas confía al lector —representado por Teófilo— un conocimiento privilegiado sobre la identidad de Jesús. En los relatos de la infancia, y en particular en Lc 2,11, el evangelista revela lo que ningún personaje de la escena puede comprender plenamente: “Hoy, en la ciudad de David, ha nacido para vosotros un Salvador, que es Cristo Señor”. Este título —“Cristo Señor”— se entrega al lector como clave interpretativa de toda la obra. Los pastores lo escuchan sin captar su alcance, María y José lo custodian sin penetrar su profundidad, el mundo no se da cuenta.

Solo el lector recibe la revelación completa, y la recibe antes que todos. En este sentido, Aletti puede afirmar: «Lucas ha decidido privilegiar al lector, revelándole desde el inicio el ser de Jesús, para permitirle verificar, a lo largo del relato, cómo la aparición —en los gestos, en el ministerio, en la cruz— manifiesta progresivamente su verdad» (J. N. Aletti, Il Gesù di Luca, EDB, 2012, p. 25). La revelación inicial no es un punto de llegada, sino un punto de partida.

El lector y Pedro: dos posiciones, una misma verdad

Este privilegio no coloca, sin embargo, al lector en una posición superior respecto a los personajes del relato, y en particular respecto a Pedro. El lector sabe lo que Pedro no puede saber, porque Pedro no tiene acceso a los relatos de la infancia ni a las revelaciones angelicales. Pero el lector no puede creer sin pasar por el testimonio apostólico.

La verdad revelada en los dos primeros capítulos aún no es verdad creída: es promesa, no proclamación. El lector está llamado a seguir el camino narrativo para ver cómo esa verdad se cumple en la vida, en la muerte y en la resurrección de Jesús, y sobre todo en el testimonio de sus enviados. El privilegio del lector consiste en poder observar el proceso, no en poseer la verdad antes que los demás.

La ‘veridición’ apostólica: la verdad toma voz

La ‘veridición’ —en este caso, el momento en que la verdad sobre Jesús es finalmente dicha por un ser humano— no ocurre en el Evangelio, sino en los Hechos. Es Pedro, en el discurso de Pentecostés, quien primero proclama lo que el lector conocía desde el inicio: “Dios ha constituido Señor y Cristo a ese Jesús que vosotros crucificasteis” (Hch 2,36). Pedro no repite simplemente Lc 2,11, sino que lo confirma a la luz de la Pascua. Incluso invierte el orden de los títulos: de “Cristo Señor” a “Señor y Cristo”, porque ahora es la resurrección la que revela la señoría de Jesús y la que ilumina su ser Mesías.

La ‘veridición’ apostólica es posible porque la verdad se ha hecho tangible en la vida de Jesús: Pedro habla de lo que ha visto, escuchado, tocado y compartido. La verdad pascual no es una idea, sino un cuerpo entregado y resucitado; no es un concepto, sino una relación que ha transformado los afectos de los discípulos. Sin esta veridición, la revelación inicial permanecería suspendida; con ella, la verdad toma voz en la historia.

Afectos y carne: la verdad hecha visible

Los afectos y la carne, en la obra lucana, no son coreografía externa al “verdadero”, sino la propia corporeidad de la “dicción”. La verdad toma forma en las relaciones que Jesús establece y cultiva en el tiempo: amistades, comidas compartidas, gestos de cuidado, perdones, conflictos, malentendidos, reconciliaciones. Estas relaciones dejan huellas en la memoria de los discípulos y en las expectativas de quienes lo encuentran: son lugares donde la verdad se deposita, se hace reconocible, se hace memorable.

Para Lucas, la verdad no es un enunciado abstracto, sino una realidad que se manifiesta en la carne y en los afectos: la compasión del Samaritano, la alegría de Zaqueo, el llanto de la pecadora, la gratitud del leproso, la ternura del padre misericordioso. Del mismo modo, la carne de Jesús —su cuerpo que toca y se deja tocar, que come, que sufre, que muere y resucita— es el lugar donde la verdad se vuelve visible, tangible, verificable.

La ‘veridición’ apostólica es posible porque la verdad se ha hecho corporal en la vida de Jesús: Pedro no habla por deducción, sino por experiencia. La verdad pascual es un cuerpo entregado y resucitado, una relación que ha transformado los afectos de los discípulos. Por eso, en la lógica lucana, los afectos y la carne son la materia misma de la ‘veridición’: la manera en que la verdad se hace historia, memoria y testimonio.

El lector transformado en testigo

Precisamente porque la verdad se hace historia, memoria y testimonio en la carne y en los afectos, el lector no está favorecido sobre Pedro: simplemente se encuentra en una posición distinta. Conoce la verdad desde el inicio, pero no puede apropiársela sin el testimonio de quien ha visto, escuchado y verificado. Sin embargo, después de atravesar la narración lucana en su corporeidad —afectos, relaciones, carne, memoria—, el lector comprende que el testimonio no es una tarea externa a la fe, sino su forma natural.

La verdad que ha tomado cuerpo en la vida de Jesús y en los afectos de los discípulos debe ahora tomar cuerpo también en la vida del lector. El testimonio no es un deber moral, sino la continuación de la misma dinámica afectiva y corporal que hizo posible la ‘veridición’ apostólica. Así como Pedro habló de lo que vio y tocó, el lector está llamado a hablar de lo que ha encontrado en la narración: una verdad que ha tocado el corazón y la carne de su propia experiencia. La lectura de la obra lucana se convierte así en un proceso de transformación: lo que ha sido revelado debe ser verificado, lo que ha sido verificado debe ser vivido, lo que ha sido vivido debe ser anunciado.

La veracidad: la verdad como correspondencia

En este texto he hablado de la ‘veridición’, pero en la cultura existe un término que suena similar, la “veracidad”, aunque no significa lo mismo que la ‘veridición’. La verdad que la obra lucana propone, de hecho, no coincide con la veracidad en el sentido metafísico de correspondencia entre enunciado y realidad. La verdad no es un dato para comprobar, ni un contenido a verificar según criterios externos al relato.

Quien introduce la veracidad en el debate con la IA es Carl Raschke. En su contribución publicada en este blog de Dehonianos España se lee: «La revolución de la IA inaugurará, como afirma un investigador en el campo de la educación, “un verdadero renacimiento de las disciplinas humanísticas”. ¿Por qué? Porque la IA no es capaz de pensar realmente. Solo puede responder. La IA puede generar respuestas complejas, pero no es capaz de evaluar su veracidad».

La veracidad es un concepto tardío, nacido para indicar la correspondencia entre lo que se dice y lo que es, la conformidad entre un enunciado y un hecho. En este sentido promueve el pensamiento crítico, el juicio ético, la capacidad de hacer preguntas, la integración entre saberes. En este sentido —han escrito Massimiliano Padula y Giovanni Tridente— «su propuesta de una transformación humanística de la universidad intercepta una necesidad real».

Pero precisamente porque la veracidad nace para garantizar la correspondencia entre lo que se dice y lo que es, termina por transformar la verdad en algo externo al sujeto: un dato a controlar, un contenido a medir, un objeto a verificar. Es una verdad que se deja tratar como cosa, no como encuentro; como un control, no como relación; como resultado, no como transformación. Es una verdad que incluso un algoritmo puede evaluar, porque permanece en el plano de la corrección formal entre palabras y hechos. Pero precisamente por eso no permite captar la verdad como voz, como presencia, como testimonio.

La ‘veridición’: la verdad como evento y testimonio

Es más bien la ‘veridición’: un acto de palabra en el que la verdad toma voz en la historia a través de un testigo. La verdad no es un objeto, sino un evento; no es una fórmula, sino una relación; no es un concepto a medir, sino una presencia que se ofrece y se deja reconocer.

En este horizonte, la verdad no se impone como evidencia, sino que se manifiesta como encuentro: en las obras de Jesús, en su carne, en sus gestos, en los afectos que suscita, en la memoria que deja. La verdad lucana es una verdad que acontece, que se muestra, que interpela. No pide ser verificada, sino acogida; no pide un control, sino una respuesta; no pide una adhesión abstracta, sino una transformación del sujeto que escucha.

Es aquí donde las reflexiones contemporáneas sobre la veracidad —también aquellas que conciernen a la inteligencia artificial— muestran su límite. Si la verdad fuera solo correspondencia, entonces bastaría un algoritmo para evaluarla. Pero la verdad lucana no se reduce a una verificación externa: requiere un sujeto humano capaz de memoria, de afectos, de responsabilidad, de discernimiento. Requiere un lector que pueda entrar en el proceso de la ‘veridición’, dejarse tocar por la verdad que encuentra, y convertirse a su vez en testigo.

En este sentido, la relación entre Lucas y Teófilo no es una relación entre un autor que informa y un lector que verifica, sino entre un testigo que habla y un destinatario llamado a convertirse en testigo a su vez. La verdad de la obra lucana no es un contenido a controlar, sino una voz que escuchar; no es un dato a medir, sino una historia que atravesar; no es una correspondencia que establecer, sino una vida que compartir.

Un paso atrás hacia la Escritura, un paso adelante en la fe

En un tiempo en que la teología fundamental recorre caminos múltiples —y a menudo discute sobre cómo hablar de Dios más allá de las formas del teísmo tradicional—, un primer beneficio podría ser un paso atrás hacia la Escritura. No un retorno nostálgico, sino un retorno a la fuente: un pensamiento que usa el Texto Sagrado no para superponerle categorías externas, sino para dejar que diga la primera palabra.

Es en este horizonte donde la obra lucana muestra toda su fuerza para los lectores de hoy, especialmente para quienes disponen de pocas referencias, se han alejado progresivamente de la experiencia de la fe, o ya no creen y cuyas razones son ajenas a los Evangelios.

La fuerza de la obra no reside solo en el orden del relato o en la solidez de la ‘veridición’ apostólica, sino en la capacidad de mostrar una verdad que toma cuerpo en la vida concreta: en las relaciones, en los afectos, en los gestos, en la carne. Es precisamente esto lo que puede hablar a los lectores contemporáneos, a menudo desconfiados de enunciados abstractos y doctrinas desencarnadas. Lucas ofrece una fe que se ve, se siente, se toca: una fe que nace de encuentros, de emociones, de heridas, de curaciones, de comidas compartidas, de cuerpos que sufren y resucitan.

Para quien ha perdido el contacto con la fe, para quien ya no tiene testigos creíbles, para quien busca una verdad que no solo sea comprendida sino vivida, la obra lucana se convierte en un lugar de acceso privilegiado. Invita al lector a entrar en el proceso de la verdad, a dejarse alcanzar por su corporeidad, y a convertirse a su vez en testigo ante Jesús y ante sus propios lectores. En este sentido, el paso atrás hacia la Escritura puede convertirse en un paso adelante hacia una fe que toma cuerpo, como en el relato lucano, en la historia concreta de quien lee.

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