24 de mayo de 2026
Seguir a Jesús no es vivir absortos «mirando al cielo» ni quedarse «sentados» a ver pasar las cosas. Esto lo entendió bien el apóstol Pablo: el discipulado implica adentrarse en la relación íntima que Jesús tiene con el Padre y el Espíritu.
Para Pablo, al igual que para Jesús, Dios es «abbá» (padre). El apóstol de los gentiles lo reconoce así como fruto directo de la acción del Espíritu en su interior. Fue ese mismo Espíritu el que transformó radicalmente su vida, llevándolo de perseguir a los discípulos de Jesús a perseguir la paz, la justicia, los bienes de arriba y todo aquello que edifica a la comunidad.
Esa misma fuerza divina quebró, de manera impetuosa y sorprendente, la resistencia pasiva de la primera comunidad. El Espíritu logró que los allí reunidos alzaran la mirada y se reconocieran mutuamente como lámparas encendidas; un fuego santo que esclarece el entendimiento y da fuerza a cuanto han de decir.
Como promesa viva de Jesús, el Espíritu sigue transformando vidas en favor del «bien común», tal como recordaba el apóstol a la comunidad de Corinto. Es Él quien continúa moviendo el corazón y los pies de tantas personas para anunciar la paz que sana y el perdón que abre el camino a la reconciliación.
Si bien esta misión tocó a la comunidad naciente, hoy corresponde a todas las comunidades que le dan continuidad atesorar y compartir estos dones preciosos e indispensables del Resucitado: la paz y el perdón.
Nuestras sociedades, heridas de tantas maneras, los necesitan con urgencia, empezando en casa. Ambos dones constituyen el camino hacia la concordia, inaugurado por las manos y el costado abierto de quien venció a la muerte con la fragilidad de su cuerpo y el puro amor.
Que su Espíritu renueve y consolide en quienes nos confesamos sus seguidores el deseo de ser instrumentos comprometidos al servicio de la vida y de la dignidad de todas las gentes. Porque esa es la causa del Padre; esa es la casa que estamos llamados a habitar.