Dehonianos

3 de mayo de 2026

De una construcción hecha con “piedras vivas”, tal como llama la Carta de Pedro a los creyentes, cabe esperar una estructura dinámica y fácil de transformar, que admita reformas sin mayores complicaciones.

Domingo a domingo, la Palabra nos ha mostrado comunidades formadas por hombres y mujeres que se dejaron remodelar tras su encuentro con el Resucitado. A la luz de la Pascua, comprendieron que la memoria, la celebración y el anuncio de la victoria del Señor requerían más espacio del que habían concedido al miedo, a la desconfianza y a la indiferencia. En cualquier caso, los planos para lograr una reforma exitosa no podrán ser otros que los trazados por el Evangelio.

De hecho, con el paso del tiempo, toda construcción requiere intervenciones que superan el mantenimiento ordinario, especialmente ante la aparición de daños estructurales. En este sentido, ninguna comunidad debe considerarse exenta de revisiones y reparaciones profundas. Incluso las primeras comunidades, bajo el cuidado de los Doce, tuvieron que ser repensadas. No faltaron voces que alertaron sobre situaciones que ponían en peligro los cimientos comunitarios, tales como la discriminación y la falta de caridad, específicamente hacia un determinado grupo de mujeres, viudas, además.

La denuncia permitió que los responsables de la comunidad decidieran prestar mayor atención a la Palabra. Es posible que, a raíz de este hecho, incluso hayan recordado aquella ocasión en la que Jesús no reaccionó tan de inmediato como esperaba una mujer extranjera que le pedía la sanación de su hija (Mc 7,24-30). Ciertamente, necesitamos voces que nos despierten los oídos y nos abren los ojos.

Los Doce asumieron que debían centrarse en la enseñanza de Jesús para no perder el camino. Asimismo, reconocieron la necesidad de colaboradores que apoyaran su misión y les ayudaran a permanecer atentos a la vida de los mas débiles y excluidos. Este era el modo de actuar de Jesús y, en verdad, su manera de ser con el Padre y el Espíritu. Por eso, Jesús involucró cada vez más a los suyos, acordando distancias con ellos; tanto que un día, ante una multitud fatigada y hambrienta, llegó a decirles: “Dadles de comer” (Lc 9,13).

Aquellas comunidades, al igual que las de hoy, fueron llamadas a ser sólidas, pero nunca rígidas, manteniendo la mirada despierta en quien eligió ser servidor de todos. Por ello, como siervo fiel que sale a los caminos, él prepara una morada para todos en la casa del Padre.