Dehonianos

Elisa Mascellani

Una chica de diecisiete años de Bilbao que pide ingresar en un monasterio de clausura es la protagonista de la película Los domingos, dirigida por Alauda Ruiz de Azúa, quien ha afirmado haber recopilado numerosos testimonios sobre el tema de la vocación a la vida religiosa.

De esta historia se nos ofrecen, dentro de la propia narración cinematográfica, dos interpretaciones paralelas y contrapuestas, impermeables entre sí.

Ainara perdió a su madre cuando era niña. Vive con dos hermanas pequeñas que apenas la recuerdan, con un padre que ha preferido olvidar a su esposa y la ha sustituido por una nueva pareja poco empática con sus hijos, y asiste a un colegio católico que propone una intensa formación religiosa. En ese entorno escolar, Ainara conoce a las monjas de clausura de un monasterio de la ciudad, participa siempre que puede en sus oraciones y acepta la propuesta de un “discernimiento vocacional”, que incluye un periodo de convivencia en el monasterio.

El padre de la joven, que debe dar su consentimiento por tratarse de una menor de edad, se sorprende, pero no se disgusta ante la petición, aunque no la comprende ni hace ningún esfuerzo por comprenderla: entre el trabajo y las deudas, ya tiene demasiadas preocupaciones.

En cambio, su tía paterna, Maite, que desconfía de curas y monjas pese al respeto formal hacia los ambientes eclesiásticos que todavía persiste en ciertos sectores de la España de tradición católica, lucha por todos los medios para impedirlo.

A partir de ahí se desarrolla la peripecia familiar que constituye el centro de la narración.

Es evidente que Ainara busca una familia que la acoja y la escuche, y que en la superiora del monasterio, una mujer de fuerte personalidad, encuentra al mismo tiempo una madre y un padre. Está terminando el bachillerato, pero no desea ni imagina continuar sus estudios; siente atracción por un chico de su mismo colegio, pero, por un lado, el sacerdote que actúa como su “director espiritual”, con quien ella se confía, se apresura demasiado a examinar e interpretar esa experiencia, y, por otro, su familia la reprende de forma brusca cuando descubre que ambos se besan.

Ainara guarda silencio tanto ante el análisis del “padre espiritual” como ante la reprimenda de su propio padre. No quiere o todavía no puede afrontar sus sensaciones y sentimientos, y se dirige resueltamente hacia el monasterio, donde respira una serenidad que nunca conoció en su familia y donde se siente deseada y acogida.

La tía Maite comprende perfectamente que Ainara, debido a su condición de huérfana, es una joven herida, y que eso la hace especial, pero también muy vulnerable. Intuye que la supuesta “vocación” nace de una necesidad de protección y afecto; sin embargo, sus intentos de retrasar, cuando no impedir, el ingreso de su sobrina en el monasterio resultan ineficaces y, además, se ven lastrados por un anticlericalismo contraproducente.

Por lo demás, cualquier razonamiento queda silenciado por la perspectiva de la fe, presentada como algo completamente incuestionable tanto por el “padre espiritual” como por la madre priora. Y así llegamos a la segunda historia, que no se comunica con la primera.

Tanto el “director espiritual” como la madre superiora esgrimen un único argumento frente a las dudas del padre de Ainara y las objeciones de la tía Maite: la vocación de la joven no depende de ellos, sino de Dios mismo, que llama a quien quiere y cuando quiere.

“¿Usted cree?”, le preguntan ambos, en distintos momentos, a Maite. No hay más argumentos. Para quien cree, los argumentos no son necesarios. Quien no cree no puede comprender.

La propia Ainara tampoco sabe explicarse, salvo diciendo que se siente “muy cerca de Dios” y que desea corresponder a su amor extraordinario, un amor más grande que cualquier otro, repitiendo así las palabras escuchadas de sus guías espirituales. Solo espera de la propia voz de Dios la confirmación de que realmente ha sido “llamada”.

Y entonces, durante el funeral de su abuela, la joven dirige a Dios una oración angustiada, pidiéndole insistentemente una respuesta, hasta que una sonrisa entre lágrimas confirma al espectador que la voz de Dios, inaudible para todos los demás, finalmente le ha llegado.

Parece que creer o no creer es un dato de partida incontestable, casi una condición genética.

Parece evidente que ingresar en un monasterio significa estar más cerca de Dios.

No se cuestiona que la voz interior sea la voz de Dios ni que el “discernimiento” sea el medio para descubrir sus intenciones. En definitiva, tanto la fe como la vocación religiosa aparecen como un destino más que como una elección.

Planteadas así las cosas, no es posible —ni siquiera necesario— el diálogo, como demuestra el último intento de confrontación de la tía Maite, que desearía que su sobrina esperara al menos unos años más antes de tomar una decisión tan vinculante y no entiende qué urgencia existe para vivir ese “amor infinito” precisamente en un monasterio.

Hasta ahí, un planteamiento de indudable sentido común.

Pero al final, exasperada e impaciente, Maite denuncia lo que considera el gran engaño: Dios no existe; todos son o bien engañados o bien embaucadores.

La respuesta de la muchacha es tajante: “Rezaré por ti”.

Sin duda, el inusual tema de esta película deja al descubierto la hipocresía de cierta cultura de tradición católica, que todavía celebra primeras comuniones por obligación (como la de la hermana pequeña de Ainara) y privilegia la educación en colegios católicos, mientras al mismo tiempo aconseja a los hijos que “nunca se fíen de los curas” (como hace Maite con su hijo) y revela, a la hora de la verdad, un profundo desinterés (el padre de Ainara) o un ateísmo declarado (la propia Maite).

Sin embargo, el núcleo de la historia parece ser otro: la irrupción, tan sorprendente como incómoda, de un deseo sincero en medio de ese panorama desolador. La petición de Ainara de ingresar en el monasterio posee una autenticidad y una pureza que obliga a todos los personajes a enfrentarse a sus propias hipocresías.

No obstante, también emerge un fideísmo —quizá no intencionado, pero evidente— cómodo tanto para quien cree como para quien no cree (“Ainara cree en Dios igual que tú crees en el cambio climático”, le dice el marido de Maite, Pablo), un fideísmo que ahorra a unos y otros el esfuerzo de comprender y comprenderse, que priva al “discernimiento vocacional” de la paciencia y la espera necesarias para hacer aflorar la raíz profunda de las propias aspiraciones y que fácilmente despierta la sospecha de manipulación, cuando no de auténtico adoctrinamiento.

Resulta bellísima la mirada adolescente de Ainara —inocente, perdida e invencible al mismo tiempo—, interpretada por la debutante Blanca Soroa.

Implacable en sus certezas aparece la madre superiora, encarnada por Nagore Aranburu, en cuya mirada firme Ainara encuentra un apoyo sólido mientras que la tía Maite no encuentra posibilidad alguna de diálogo, porque cuando se trata de Dios no parece haber espacio para discutir.

La mirada del padre de Ainara, interpretado por Miguel Gracés, siempre parece desviarse hacia otro lado, empujando al espectador a identificarse más bien con la atormentada tía Maite, a quien da vida Patricia López Arnaiz —ganadora del Premio Goya a la mejor actriz por esta interpretación—, al menos porque demuestra una preocupación genuina por su sobrina huérfana.

Entre todas las escenas destaca la de una fiesta entre compañeros de clase, en la que la directora elige el Ave verum de Mozart, ensayado por el coro del colegio, como una banda sonora deliberadamente disonante frente a los bailes de los jóvenes, sus roces, sus sonrisas y sus besos. Una elección que parece sugerir la confusa, omnipotente y preciosa mezcla de emociones propia de la adolescencia, de la que también forma parte la emoción religiosa.

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