Dehonianos

Marcello Neri

Donald Trump ha iniciado su campaña de «reamericanización» de Estados Unidos con dos medidas que entraron inmediatamente en conflicto incluso con los obispos católicos más afines a su política: una lucha implacable y generalizada contra los inmigrantes en situación administrativa irregular y una interpretación restrictiva del ius soli en lo relativo al derecho a la ciudadanía estadounidense.

Lo hizo rodeándose de personal católico situado en puestos de máxima relevancia dentro de su administración, entre los que destacan el vicepresidente J. D. Vance y el secretario de Estado Marco Rubio. Si además se tiene en cuenta que seis de los nueve jueces del Tribunal Supremo son católicos, el resultado es un panorama completamente inédito del ascenso al poder del catolicismo en Estados Unidos.

De este modo, Trump ha diseñado su propio imaginario político sobre el papel del catolicismo en América, contraponiéndolo a los dos momentos de la historia nacional que llevaron a católicos a la Casa Blanca: John F. Kennedy y Joe Biden. No es posible comprender plenamente la política interior y exterior de Trump sin interpretarla también como un proceso de deconstrucción radical de la América que existió entre Kennedy y Biden.

El proyecto trumpista condensado en el lema «Make America Great Again», es decir, el de rediseñar el país según lo que podríamos denominar un «nativismo de los orígenes», concede al catolicismo estadounidense una condición de pertenencia originaria que, históricamente, nunca ha tenido. La única condición para este auténtico bautismo americano era y sigue siendo una lealtad incondicional a la persona del presidente, independientemente de lo que quiera o de lo que haga.

De este pacto interno dentro de la administración nace el imaginario pontificio de Trump, anunciado al mundo durante el período comprendido entre la muerte del papa Francisco y la elección del primer papa estadounidense de la historia de la Iglesia católica. No se trató ni de una locura ni de una muestra de arrogancia, sino de la explicitación de la nueva condición de ciudadanía estadounidense concedida al catolicismo del país.

La fricción con el papa León XIV, más allá de las cuestiones concretas que la hayan provocado, encuentra su raíz más profunda precisamente en esa ciudadanía extraconstitucional que el presidente estadounidense ha otorgado al catolicismo como parte integrante del «nativismo de los orígenes». Para Trump resulta inadmisible que un católico, constitucionalmente estadounidense, no se someta al honor de esta inédita ampliación política de su condición de ciudadano.

Por esta razón, al menos durante la administración Trump, toda decisión pastoral de los obispos estadounidenses se convierte inevitablemente en una decisión política, en la que está en juego el futuro mismo del texto fundacional de Estados Unidos: la Constitución. Con una habilidad casi mefistofélica, Trump ha conseguido arrebatar incluso la actividad pastoral ordinaria de las manos de la Iglesia estadounidense, transformándola en una toma de partido, en un acto de alineamiento político y en un gesto que simboliza tanto la decadencia como la grandeza de la nación.

Quizá nunca como ahora en la historia la sacralidad evangélica del «cuidado de las almas», orientada al bien último de las personas sin imponer condición alguna, se ha visto convertida en una práctica política de importancia decisiva: estar a favor o en contra de la creación ex nihilo de una nueva América.

En este contexto, parece no haber espacio para una posición equilibrada ni para que el catolicismo estadounidense pueda presentarse como una fuerza de recomposición y reconciliación de una nación profundamente dividida. Una nación en la que esa división se lleva deliberadamente al extremo para llegar al momento del juicio, en el que se decidirá qué pueblo será el que entre en la nueva tierra prometida.

Este es el marco en el que los obispos y la Iglesia de Estados Unidos celebraron la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús de 2026, al que consagraron la nación con motivo del 250.º aniversario de la Declaración de Independencia —una decisión adoptada en 2025— durante la celebración eucarística que tuvo lugar en Orlando, donde la Conferencia Episcopal de Estados Unidos se reunió para su asamblea general de primavera.

La consagración de una nación al Sagrado Corazón tiene una larga historia que inevitablemente transmite significados que van más allá de las intenciones actuales, especialmente cuando no se es plenamente consciente de ello. Este acto de devoción religiosa propio del catolicismo moderno siempre ha tenido también una dimensión política en relación con el Estado y su poder. Y resulta evidente que, en el contexto actual de Estados Unidos, el alcance político de ese gesto de devoción crece de manera exponencial.

Además, la Iglesia católica estadounidense lleva a cabo esta consagración apenas un mes después de la liturgia política del «nativismo de los orígenes» promovida por Trump, celebrada el 17 de mayo con la reconsagración de Estados Unidos a Dios. El término elegido por Trump para aquel acto, presentado como un momento de oración, no es casual ni neutral: según la tradición, un espacio litúrgico o religioso se reconsagra después de haber sido profanado.

La reconsagración de la nación impulsada por Trump constituye una ruptura y adopta la forma de un juicio sobre la irreligiosidad no solo de todas las políticas anteriores, sino también de toda forma de fe y de cristianismo. La devoción católica al Sagrado Corazón, que los obispos estadounidenses han escogido como emblema litúrgico para conmemorar los 250 años de la nación, no tiene posibilidad alguna de cumplir los objetivos que ellos le atribuyen: recomponer una sociedad dividida, pacificar las guerras culturales y orientar una política humanista que honre la dignidad de todo ser humano.

No puede hacerlo porque Trump ha impuesto previamente un veto, no respecto al uso de esa devoción en sí misma, sino en cuanto a su eficacia y funcionamiento en la vida pública del país. De este modo, la instrumentalización política de la práctica religiosa católica construida deliberadamente por Trump penetra incluso en el sancta sanctorum de la celebración litúrgica de la Iglesia.

Después de las guerras culturales y del choque de civilizaciones, parece anunciarse una lucha entre devociones, si es que la devoción al Sagrado Corazón no quiere convertirse en una simple vasalla de la devoción al «nativismo de los orígenes» con la que Trump pretende conducir al cristianismo y al catolicismo estadounidense.

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