Fabrizio Mastrofini
Paz y migración son los dos principales temas abordados por el Papa entre Barcelona, Montserrat y Canarias, en la segunda parte de su viaje apostólico. Sobre los migrantes, el viernes 12 de junio pronunció unas palabras muy claras:
«Hermanas y hermanos, la última palabra no puede pertenecer al miedo, ni a la indiferencia, ni a la violencia de quienes especulan con la vida humana. La última palabra corresponde a Cristo, que se identifica con el extranjero, toca las heridas de la humanidad y nos llama a reconocerlo en cada hermano que necesita ser acogido, protegido, valorado e integrado. Levantemos la mirada hacia Él, sin apartarla de quienes sufren; miremos al Señor para aprender a contemplar con sus ojos a nuestros hermanos».
En Barcelona, con motivo de la inauguración de la última torre de la Sagrada Familia, abordó el tema del conflicto:
«No podemos creer en Jesús y hacer la guerra. No podemos creer en Jesús y matar al inocente. No podemos creer en Jesús y abandonar a quien sufre, a quien llora, a quien huye de la miseria».
Un llamamiento contundente para nosotros, aunque menos relevante para la España reflejada por el diario El País. De hecho, la politóloga Estefanía Molina escribe que, para la sensibilidad local, tuvo más importancia que el Papa alternara el catalán con el español, dando espacio y visibilidad a las persistentes reivindicaciones independentistas catalanas.
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Después está la cuestión de los migrantes, eje central de la etapa en Canarias, uno de los principales puntos de llegada de muchas personas desesperadas que son acogidas por la Iglesia. España es como Italia y como el resto de Occidente: convive con las muertes en el mar y con centros de acogida que, en muchos aspectos, se asemejan a guetos al aire libre.
El papa León habló con absoluta claridad:
«Vuestro drama debe convertirse en un examen de conciencia: para las naciones de origen, que deben crear condiciones de paz, justicia y desarrollo; para las naciones de tránsito, llamadas a proteger y a no dejar a los más débiles en manos de redes criminales; para Europa, que no puede proclamar la dignidad humana y acostumbrarse a que el Mediterráneo y el Atlántico sean cementerios sin lápidas; y para la comunidad internacional, llamada a una cooperación eficaz y perseverante».
Y añadió algo más para sacudir la conciencia de todos, incluidos los responsables políticos:
«La dignidad humana exige vías legales y seguras, auxilio y asistencia, cooperación real contra los traficantes, protección efectiva de las víctimas, procesos serios de acogida e integración y políticas que permitan a cada persona vivir con dignidad en su propia tierra. Si existe el derecho a buscar refugio cuando la vida está amenazada, existe también el derecho a no verse obligado a migrar: el derecho a permanecer en el propio hogar sin hambre, sin guerra, sin persecución, sin violencia, sin que la tierra se vuelva inhabitable, sin que la corrupción robe el pan a los pobres y sin que las armas destruyan el futuro de los niños. No podemos acostumbrarnos a contar a los muertos. La dignidad humana no tiene pasaporte ni pierde su valor al cruzar una frontera».
Palabras que suenan como indicaciones concretas y que concluyen con una afirmación muy precisa:
«Y que la historia no tenga que acusarnos de haber convertido el dolor de quienes sufren en un paisaje habitual de nuestras costas. Porque hoy, aquí, a la orilla del mar, cada vida que llega nos pregunta qué queda de nuestra humanidad. Tarde o temprano se sabrá si hemos sabido custodiar esa humanidad o si hemos dejado que la indiferencia hablara por nosotros».
Y aún más, en Tenerife lanzó una advertencia a los traficantes de seres humanos:
«¡Deteneos! ¡Convertíos! Las lágrimas y la sangre de estos hermanos claman a Dios y sus sufrimientos llegan hasta Él. El dinero arrancado de la vulnerabilidad de los pobres no traerá paz, ni honor, ni futuro».
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La nueva ética de la Iglesia —expresada simbólicamente por la corona de flores arrojada al mar, que recuerda el gesto del papa Francisco en Lampedusa— avanza de la mano con la ética ya expuesta en su discurso ante el Parlamento español:
«Toda vida humana debe ser reconocida y protegida desde la concepción hasta su final natural, en cualquier circunstancia de su existencia. Cuando esta certeza se oscurece, los más vulnerables son las primeras víctimas y la ley pierde su significado más profundo: servir y proteger a toda persona».
También fue noticia la fotografía del Papa en la cabina de mando durante el vuelo hacia Barcelona. Las imágenes llamaron la atención por el contraste visual entre la solemnidad espiritual y la tecnología moderna de la aviación, por el ambiente distendido y por la interacción directa del Pontífice con la tripulación, mostrando cercanía con las personas y convirtiendo un viaje apostólico ordinario en un momento mediático memorable.
En cualquier caso, al término del viaje por España permanece la fuerza de una Doctrina Social de la Iglesia comprometida con los más débiles en nombre del Evangelio y de la humanidad. Gobiernos y parlamentos escuchan, rinden homenaje y aplauden, pero no modifican sus políticas ni sus leyes. También esta vez parece haber ocurrido así.
Sin embargo, permanecen las preguntas, claras, explícitas y directas, formuladas en la homilía de la misa celebrada en Tenerife. Preguntas que pueden y deben guiarnos en la búsqueda de una conducta auténticamente cristiana:
«¿Qué busca el corazón humano? ¿Cómo responder a su sed sin engañarlo? ¿Cuán importante es, especialmente para quien se deja orientar por el Evangelio, no reducirlo todo al comercio y al beneficio económico?».