Dehonianos

La noticia del fallecimiento de una persona querida siempre es una sorpresa. Ésta se incrementa porque, hace apenas siete meses, compartimos unos días muy bonitos en Puente la Reina con motivo del encuentro de dehonianos obispos en la última semana del pasado mes de abril. De hecho, su cumpleaños, quién nos iba a decir que sería el último, lo celebró entre nosotros presidiendo la eucaristía en la parroquia de San Pedro y Santiago. En aquellos días volvimos a constatar la entrega, el interés, la memoria de nombres y personas, la perspicacia, la constante sed de saber, de reflexionar, de dejarse sorprender, la generosidad al agradecer a quienes se esfuerzan por pensar lo nuestro para hacer surgir la inmensa fuerza que se encierra en nuestro carisma.

Personalmente tuve la suerte de conocerle siendo neoprofeso en un ya lejano 1994, cuando, como Superior general, visitó nuestra Provincia junto con el P. Antonio Braga, posteriormente también él obispo en Portugal y ya fallecido. De su mano, con la que escribió sus impresionantes cartas circulares, accedimos los formandos de la época a un modo fresco, nuevo, bíblico, constitucional (es decir, haciendo de nuestra Regla de vida una fuente para interpretar adecuadamente nuestra espiritualidad) y con las técnicas de la teología espiritual al patrimonio de nuestro fundador. En cada una de sus cartas fue abriendo caminos a esta interpretación actualizada que siguen manteniendo su potencia. Más tarde volví a encontrarlo siendo estudiante en Roma y el P. Virginio continuaba su servicio como cabeza de la congregación. Durante sus presencias en Roma se le veía el primero en el servicio del comedor, o acabando sus agotadoras jornadas recorriendo en la oscuridad los pasillos del claustro interior rezando el Rosario, y cómo no recordar sus homilías siempre cargadas de una profundidad y de un alcance fruto de su profunda vida espiritual personal.

Tan solo hacemos mención de todo el torbellino de sensaciones y contradicciones que irrumpieron en su vida tras despedirse de la comunidad del colegio Fray Luis de León de Madrid, donde pasó seis meses de descanso y estudio una vez acabado su generalato. Es conocido por todos sus intentos por ‘huir’ de la llamada al episcopado. Pero, al final, de la mano del entonces arzobispo de Buenos Aires y luego papa Francisco, sinceros amigos, dio inicio a su nuevo ministerio como obispo de Comodoro Rivadavia y de Neuquén en su patria argentina. Me atrevería a calificar su episcopado como muy dehoniano porque tuvo que viajar miles de kilómetros para poder estar presente en todos los puntos de su extensísima primera diócesis, combatió grandes injusticias sociales y medioambientales como la del fracking, y tuvo que reparar en sentido pleno en las muchas situaciones y heridas que arrastraba su siguiente Iglesia local y que logró cauterizar.

Al cumplir los 75 años presentó su renuncia al papa. Ésta le fue aceptada inmediatamente con lo que pudo volver a la disciplina de su comunidad religiosa incorporándose como uno más al proyecto de vida religiosa y apostólica de su entidad. Acompañante espiritual de numerosos sacerdotes, ingentes las reclamaciones para que predicase ejercicios espirituales a los diferentes cleros diocesanos de Argentina, fue así como le sorprendió la dura enfermedad que le sumergió durante un tiempo en la inconsciencia. De ella logró salir para poder hacer así, quizás, un último acto de oblación consciente, obedeciendo en el día de hoy a la llamada al Reino eterno que el Buen Pastor le ha hecho.

En la gratitud por tu vida sembrada, que el Señor te tome de la mano y te conduzca a reposar tu cabeza sobre su pecho, donde palpita el amor que predicaste sin cansancio. Descansa en paz.