Dehonianos

Andrea Grillo

Con el cisma del primero de julio de 2026 ha emergido de manera evidente, y casi inapelable, la fragilidad de una lectura irénica del rito tridentino. A pesar de que, desde hace unos 40 años, una serie de autoridades de la Curia romana hayan repetido hasta el cansancio la compatibilidad entre celebrar con el vetus ordo (VO) y vivir la plenitud de la comunión católica, el segundo cisma lefebvriano demuestra justamente lo contrario: que la opción de no aceptar la reforma litúrgica esconde la oposición a todo el Concilio Vaticano II.

También monjes, teólogos, obispos y cardenales han caído en esta trampa: y han escrito, en los últimos tiempos, palabras a menudo muy graves. Como si la liturgia pudiera ser una especie de accidente, mudable según los gustos, respecto a una sustancia católica que estaría garantizada en otra sede. Con este modo de pensar hemos leído recientemente textos impresionantes, junto a palabras poco meditadas de cardenales como Bagnasco, Koch, o de obispos como Cordileone.

Todos los demás cardenales, todos los demás obispos, todos los demás teólogos, guardan silencio, en su mayor parte, sobre el tema. Y esto no es bueno. Es útil, en cambio, hablar abiertamente y con parresía.

El argumento cismático

Si leemos la historia de los últimos 75 años, descubrimos una verdad incómoda pero iluminante. La pretensión de “mantener el uso del rito antiguo” en lugar del nuevo emergió primero en reacción a Pío XII, por parte de Giuseppe Siri, arzobispo de Génova, y luego en reacción a Pablo VI, por parte de Marcel Lefebvre, después del Concilio Vaticano II.

El primero usó el argumento contra la reforma de la Vigilia Pascual en 1951, pero, como hombre responsable, se dio cuenta del potencial subversivo y anárquico del sofisma y lo dejó de lado después del Vaticano II.

Por el contrario, Lefebvre, que lo usó precisamente después de la reforma conciliar, no solo no lo dejó de lado, sino que lo convirtió en uno de sus caballos de batalla: para no ceder al Vaticano II era necesario resistir, ante todo, en el plano litúrgico. Continuar con el Vetus Ordo significaba continuar con la Iglesia decimonónica, con el antimodernismo, con la nostalgia del poder temporal…

El paralelismo ritual como efecto del argumento cismático

Cuando en 1988 se produjo el primer cisma lefebvriano, la reacción de Roma fue sorprendente. Una parte de la Curia, guiada por el entonces prefecto J. Ratzinger, comenzó a hablar de Lefebvre como de un héroe, con admiración y casi elogiándolo: aun condenando su desobediencia al papa, se justificaba su gesto litúrgico contra los “excesos conciliares”.

Hablar de Lefebvre se convirtió, muy pronto, en el sinónimo de una reducción del Vaticano II a sus excesos en la recepción. Por ello, desde 1988 comenzó el “dispositivo de bloqueo” del Concilio, que encontró, ya listo y preparado, el argumento cismático: a saber, sostener que celebrar con el rito tridentino es compatible con la comunión católica.

Desde 1988 hasta 2007, con un crescendo sorprendente, la Curia romana alimentó una narrativa que comparte el mismo argumento cismático de Lefebvre: se puede ser católico romano sin celebrar según la Reforma litúrgica. Summorum Pontificum en 2007 hizo solemne precisamente este argumento cismático y lo hizo pasar del campo enemigo al campo amigo.

La ausencia de una teología que justifique el paralelismo entre ritos contradictorios

Un segundo aspecto de relieve fue el hecho de que esta transposición oficial del argumento cismático se fundaba solamente en afectos y emociones, no en razonamientos teológicos.

La cosa ya estaba clara antes de 1988: en su autobiografía de 1977, J. Ratzinger había definido como “trágica” la decisión de Pablo VI de superar el misal tridentino: “Ahora bien, la promulgación de la prohibición del misal que se había desarrollado a lo largo de los siglos, desde el tiempo de los sacramentales de la Iglesia antigua, comportó una ruptura en la historia de la liturgia, cuyas consecuencias solo podían ser trágicas”. La afectividad de la catástrofe no es una buena consejera.

Si bien la autobiografía ratzingeriana ya nos deja pensar que la Reforma debía asumir un carácter accesorio, considerando intocable el rito tridentino en la versión de 1962 –y podemos constatar cuánto de autobiográfico tiene en sí también Summorum Pontificum–, por el contrario, la lectura de von Balthasar, en esos mismos años, sentía la necesidad de subrayar con claridad la necesidad insuperable de la Reforma, aunque pudiera admitir un régimen limitado y provisional de tutela de la forma precedente del rito romano, la cual, sin embargo, reconoce como “destinada a extinguirse”.

Igualmente interesante es el hecho de que el único argumento que Benedicto XVI utiliza, en la carta que acompaña a SP, está formulado así: “En la historia de la liturgia hay crecimiento y progreso, pero ninguna ruptura. Lo que las generaciones anteriores consideraban sagrado, sigue siendo sagrado y grande también para nosotros, y no puede ser de repente completamente prohibido o incluso considerado dañino. Es deber de todos nosotros preservar las riquezas que se han desarrollado en la fe y en la oración de la Iglesia, y darles su justo lugar”.

Este no es un principio teológico, sino una elaboración de tinte sapiencial que se funda únicamente en la nostalgia y el miedo. De este principio solo se deriva la inmutabilidad de la historia y la imposibilidad de la reforma. En cierto sentido, es el triunfo de un Lefebvre obediente o, más bien, la transformación del magisterio en el elogio de Lefebvre.

Por desgracia, esta apariencia de teología ha creado escuela, y Bagnasco, Koch, Cordileone y otros repiten fórmulas vacías que perpetúan un cisma sumergido. Un poco de teología debería despertar las conciencias.

Promover el argumento cismático

Pero no basta con esto: Roma no solo llegó en 20 años a hacer propio el argumento principal de Lefebvre, sino que comenzó, desde 1988, a reconocer oficialmente “asociaciones, hermandades, congregaciones” que hacen del Vetus Ordo su carisma. El argumento lefebvriano se convierte, así, en un carisma religioso católico. Nace una serie de Institutos de los cuales presento aquí una pequeña lista, tan provisional como escandalosa:

Fraternidad Sacerdotal San Pedro

Fraternidad San Vicente Ferrer

Instituto de Cristo Rey Sumo Sacerdote

Instituto del Buen Pastor

Instituto San Felipe Neri

Misioneros de la Santa Cruz

Canónigos Regulares de la Madre de Dios

Canonesas de la Madre de Dios de Azille

Adoratrices del Corazón Real de Jesús Sumo Sacerdote

Abadía Sainte-Marie de la Garde

Abadía Nuestra Señora de la Anunciación (Le Barroux)

Se trata de Institutos o instituciones que hacen de la celebración según el VO su carisma. ¿Cómo es posible que Roma haya consentido, aprobado y alimentado, desde el centro, una resistencia al Concilio Vaticano II tan articulada y tan frontal? ¿A qué juego hemos jugado? ¿Con qué fuego nos hemos quemado?

Traditionis Custodes y sus excepciones cismáticas

Ciertamente, desde 2021, con el Motu Proprio Traditionis Custodes, querido por el papa Francisco, la pretensión de Summorum Pontificum de hacer universal el paralelismo entre el Vetus Ordo y el Novus Ordo ha terminado.

Pero las mil excepciones que se han introducido al régimen de la única lex orandi suponen todavía la presencia de un potente “argumento cismático” dentro de la comunión católica.

La trama de “resistencia al Vaticano II”, que tiene en la forma litúrgica su mayor evidencia pero que se nutre de espíritu reaccionario en cada una de sus expresiones, goza aún de una protección curial que creo que debe considerarse escandalosa y que debe ser superada con urgencia.

Una paz litúrgica no se genera sembrando de saboteadores el territorio de la comunión católica. Y menos aún con la bendición de teólogos dispuestos a llamar a este desastre una “lección de estilo católico”.

El fin del Vetus Ordo y el trabajo común en el Novus Ordo

Una reflexión eclesial sobre la liturgia ya no puede posponerse: las más altas instituciones deben dejar de escribir cosas inexactas, genéricas y a veces escandalosas. El fin del Vetus Ordo no significa que no tengamos nada que aprender de toda la tradición, incluida la tradición tridentina. Podemos poner en valor aspectos del rito moderno querido por el Concilio de Trento, asumiendo elementos o rasgos suyos dentro del proceso de clarificación de la reforma, el cual no está en absoluto concluido.

Pero debemos hacerlo bajo la forma de la única lex orandi, común a todos los católicos romanos. Mantener, o incluso promover, en la comunión con Roma, a comunidades que no aceptan la reforma litúrgica, significa alimentar, en el corazón de la Iglesia católica, un cisma encubierto, una resistencia visceral, un anticoncilio difuso y peligroso. ¡Ay de quien piense que esto pueda ser solo una cuestión de gustos o de apegos!

El segundo cisma lefebvriano demuestra que el intento de utilizar a Lefebvre para bloquear el Vaticano II en la comunión católica fue, desde el principio, un pésimo servicio a la tradición. Se trataba de una forma de tradicionalismo curial, bendecido desde arriba. Este enfoque distorsionado continúa en algunos cardenales, en algunos obispos y en algunos teólogos (además de en periodistas sin escrúpulos), que se muestran carentes de solidez teológica y de tacto pastoral, y parecen no saber aprender nada de la experiencia eclesial, permaneciendo apegados a argumentos vacíos, a sofismas peligrosos y a planteamientos pastorales y administrativos que la historia ha demostrado ligados a un tiempo que ya no volverá, ni aunque nos engalanemos como recuerdos de bautizo (bomboniere).

Esta es solo la copia barata del estilo católico: es estilo cismático, aunque la obediencia al papa no se niegue, jamás de los jamases.

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