Emprendimiento

homilia

Emprendimiento

En un colegio de religiosos, en la eucaristía de inicio de curso, todos los años se ponía como lectura evangélica la parábola de los Talentos. Había que urgir desde el principio a que los alumnos pusieran todas sus cualidades al servicio del aprendizaje escolástico. El evangelio parece no aprobar la actitud de los vagos e invita a ponernos todos en faena para que no se atrofien nuestras cualidades vitales.

Ciertamente la vida es así. Es necesario el esfuerzo diario de cada uno para llevar adelante esta nuestra historia y nuestro mundo. Constatamos que para avanzar hay que arriesgar. Nunca habríamos aprendido a caminar si nos hubiéramos dejado atenazar por el miedo a caernos. Nuestra cultura y sociedad moderna se ha construido y construye sobre los aciertos de tantas personas que arriesgaron incluso sus vidas para llevar adelante proyectos “increíbles”. ¿Cuántas proezas técnicas encierra dentro de sí un simple teléfono móvil? Ahora mismo todos nosotros estamos seguros que la pandemia del Covid será vencida gracias al esfuerzo de muchas mentes que trabajan para descubrir la vacuna.

¿Jesús cuenta esta parábola para  valorar todas estas cosas o tiene su mente puesta en otros objetivos?

Creo que Jesús no está pensando en estas cosas directamente sino que quiere focalizar el tema hacia el tiempo final cuando el Señor viene a ajustar cuentas. Y el horizonte de ese juicio será verificar los valores y la realidad del Reino de Dios que hemos anunciado y construido.

Es evidente que nuestra tarea de vida humana pasa por la construcción de este mundo. Desde el principio de la creación se nos ha invitado a crecer, multiplicarnos y dominar la tierra. Jesús vendrá a verificar el cómo lo hemos hecho. No tanto lo que hemos hecho, que estará muy bien o menos bien, sino sobre todo qué valores nos han inspirado y hemos cultivado a la hora de construir esta civilización.

Estamos todos juntos en la misma tarea, pero el creyente tiene un signo de identidad que debe impregnar su obra en el mundo. El científico deberá estudiar las leyes de la naturaleza; el creyente también, pero debe vigilar que los avances científicos no sean atropellos de la dignidad humana. No todo vale, porque sea posible científicamente. No podemos destruir nuestro planeta. Es un absurdo.

Por eso, pregunto: ¿Cuál es el talento o perla preciosa que Dios nos ha entregado a cada uno de nosotros, creyentes en Jesucristo? La perla preciosa que hemos recibido todos es el mismo Jesucristo; perla sellada por el don del Espíritu en nuestro bautismo y confirmación.

Nuestra tarea en la vida es ser “otros cristos”; ser como Jesús.

Y Jesús no fue un pusilánime. Fue un arriesgado. Ya a los 12 años empieza a hacer sus distanciamientos dejando claro quién es “su Padre”. Y durante su vida pública se decanta siempre en favor del Padre y de los predilectos del Padre que son los “marginados”. Y no porque sean “buenos” sino porque son “marginados” y rechazados por aquellos que se creen buenos y dicen defender la ley de Dios.

Jesús se deja acompañar por publicanos, pecadores públicos, prostitutas y gente de mala fama. Los que él elige como apóstoles no son la flor y nata de aquella sociedad. Son hombres y mujeres normales que tiene el corazón abierto para recibir la novedad del Reino de Dios. Un reino donde “el Señor” se hace siervo y es el servidor de todos. Donde se proclaman bienaventurados los pobres, los mansos, los limpios de corazón y los constructores de la paz. Donde nadie es mayor que nadie y donde los dones de cada uno se ponen en favor de todos los demás. Nadie queda marginado. Los leprosos tienen su dignidad y pueden ser tocados y acariciados. Los enfermos deben ser atendidos y curados al estilo del buen samaritano. Los endemoniados son liberados de sus ataduras y hasta los muertos resucitan.  Jesús vive estos valores a tope y en eso le va la vida y le cuesta la vida. Su mensaje “cambia”, “da la vuelta” a aquel mundo que había sido construido por el tesón y avances de muchos, pero que se había construido sobre todo sobre el sufrimiento y el abuso de unos sobre otros.

Esos son los talentos sobre los que se nos pedirá cuentas.

En esta parábola san Mateo nos invita a la tarea de la evangelización y del testimonio en nuestra vida de creyentes. El que tiene amor y vida será capaz de dar amor y vida con creces y ese “dar” redunda en crecimiento personal. El que entrega la vida la gana.

Quien no tiene amor y es un rácano, holgazán o negligente, perderá aquello que aparentemente tiene. Si la vida no se entrega en el amor, la vida se pierde irremediablemente. El que así obra se autoexcluye de la comunión y se verá rodeado de tinieblas y de sombras de muerte. Eso será el llanto y el rechinar de dientes o la rabia y el coraje mayúsculo

Termino citando a Pablo en Tesalonicenses 5,6: “Así pues, no durmamos como los demás, sino estemos vigilantes y vivamos sobriamente”. No dormir como los demás: adormecidos o hipnotizados por nuestros propios descubrimientos y avances. Hay que estar siempre vigilantes o despiertos. Ser prudentes y avispados para desvelar antivalores y poner en la onda los valores del evangelio. “Vivamos sobriamente”. Un llamado muy interesante en una civilización que decimos basada en el “consumo”. Quizás el haber olvidado esto haya hecho que estemos donde estemos y el quiebre de este “nuestro mundo de antivalores” no esté muy lejano. La sobriedad nos llevaría a compartir con los que no tienen y a vivir menos afanados por cosas inconsistentes.

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Gonzalo Arnaiz Alvarez scj
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garnaiz@scj.es
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