Dehonianos

Marcello Neri

El discurso del rey Carlos ante el Congreso en Washington fue una obra maestra del humor y la retórica británicos. Recibió aplausos y apoyo de ambos partidos porque se dirigió al Congreso en su conjunto.

Al mismo tiempo, fue un intento diplomático cuidadosamente orquestado para recomponer las relaciones entre ambas orillas del Atlántico, con la religión en el centro.

Nuestras tradiciones son nuestra historia, y nuestra historia es una historia de generaciones; por eso pesa sobre nuestros hombros como algo que nos concierne personalmente, incluso cuando se ha convertido en la historia de otra nación. En resumen, este fue el tema en torno al cual se articuló el discurso del rey de Inglaterra ante el Congreso estadounidense: «Esta fortaleza de la democracia creada para representar la voz de todo el pueblo estadounidense con el fin de promover los derechos y las libertades sagradas».

Recordando que la historia entre el «Reino Unido y los Estados Unidos es, en su esencia, una historia de reconciliación, renovación y una extraordinaria colaboración», el rey Carlos condujo al Congreso en un ejercicio de memoria que la América actual parece aceptar únicamente de aquella «madre patria» de la que se emancipó hace 250 años con la Declaración de Independencia.

De hecho, los Padres Fundadores «trajeron consigo y desarrollaron el gran legado de la Ilustración británica, así como los ideales que tenían una historia aún más profunda en el Common Law inglés y en la Carta Magna».

El respeto por el derecho constitucional, es decir, «la certeza de reglas estables y accesibles, y una magistratura independiente que resuelva las controversias y administre una justicia imparcial, ha creado las condiciones para siglos de crecimiento económico sin precedentes en nuestros dos países».

Este constitucionalismo se entrelaza con una visión abierta y cosmopolita de la fe cristiana en el discurso del rey Carlos, quien recordó haber dedicado gran parte de su vida a las relaciones interreligiosas y a una mayor comprensión entre ellas. A través de esta fe cristiana —dijo— «me inspira el profundo respeto que se desarrolla cuando personas de distintas religiones crecen en la comprensión mutua».

En contraste con el actual nacionalismo cristiano de Estados Unidos, el rey Carlos ofreció la apertura de una Commonwealth de las religiones, llamadas a trabajar juntas «para impedir que los arados se conviertan en espadas…».

El tiempo pascual no es un momento en el que un grupo triunfa sobre otro, sino un momento para encarnar un ordo amoris sin límites de ningún tipo, que une a las dos naciones en el «deber de cultivar la compasión, promover la paz, profundizar la comprensión mutua y valorar a todas las personas, de cualquier fe o de ninguna».

En este discurso, el rey Carlos retoma muchos temas propuestos por el papa Francisco y posteriormente retomados por León XIV: una alianza entre las religiones; el compromiso con una paz justa y duradera; la protección del medio ambiente; nuestra responsabilidad hacia las generaciones futuras; y el reconocimiento del valor sagrado del sistema democrático.

Esa cercanía entre los dos jefes de Estado cristianos, que también son líderes de sus respectivas Iglesias confesionales, podría representar un terreno común para un posible desarrollo compartido del compromiso diplomático entre la Santa Sede y el Reino Unido.

También representa una oportunidad para la Unión Europea, llamada a salir de lo que parece ser un callejón sin salida laicista, y reconsiderar a las religiones y a las Iglesias como socios indispensables en la construcción de un orden mundial más justo, acorde con la dignidad de todo ser humano, tal como deseaba Jacques Delors en los años del nacimiento de la Unión.

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