Bautismo de Jesús

Homilia-bautismo

Bautismo de Jesús

Hacer toda justicia

En algunas iglesias, el día de la Epifanía, se leyó el siguiente anuncio de las fiestas del año: “Queridos hermanos: La gloria del Señor se ha manifestado y se continuará manifestando entre nosotros, hasta el día de su retorno glorioso. En la sucesión de las diversas fiestas y solemnidades del tiempo, recordamos y vivimos los misterios de la salvación. Centro de todo el año litúrgico es el Triduo pascual del Señor crucificado, sepultado y resucitado, que este año culminará en la noche santa de Pascua que, con gozo, celebraremos el día 12 de abril. Cada domingo, Pascua semanal, la santa Iglesia hará presente este mismo acontecimiento, en el cual Cristo ha vencido al pecado y la muerte”.

Proclamamos la centralidad de la fiesta de Pascua, 12 de abril, de la que penden todas las demás fiestas del año. Los domingos son la celebración de la “pascua semanal”. Este domingo del Bautismo de Jesús tiene el “privilegio” de cerrar el tiempo de Navidad y abrir el tiempo “ordinario”. Tiempo ordinario con el que iniciamos el recorrido del caminar adulto de Jesús una vez que realiza la experiencia profunda de ser “Hijo de Dios”; caminar que le llevará a la Pascua.

El bautismo de Jesús nos recuerda un día “grande” para Él. Hasta ahora había tenido una vida sosegada en Nazaret. Había seguido un itinerario común a todo buen judío y cumplido como ciudadano común en su pueblo. Sin duda habría sido una vida ejemplar, llevada en el trabajo, la oración, la vida familiar y la comunión cívica. Ciertamente había tomado alguna opción de vida –permanecer soltero- que no era lo normal, y seguramente algunas frases y juicios de valor podrían haber sonado a “distintos” de los emanados del estaf del poder ordinario. Ciertamente, el Espíritu de Dios estaba con Él desde siempre y este Espíritu iba aflorando en su vida, hasta que un día decide ir a ver y escuchar a Juan Bautista en el Jordán. Ese “ir” le va a cambiar la vida. Ya no va a volver igual.

Jesús entra en las aguas del Jordán. Se hace pecado y asume sobre sí todo pecado para borrarlo o aniquilarlo.

Juan descubre en Él al Ungido de Dios y se reconoce como indigno de bautizarle. Jesús apela a lo que ni Él ni Juan se resisten nunca: “Hemos de cumplir toda Justicia” o lo que es lo mismo “hemos de hacer siempre la Voluntad de Dios”. Jesús le dice a Juan que deje obrar a Dios. Juan le bautiza y se obra el milagro de la teofanía de Dios. “Se abrió el cielo y vio que el Espíritu de Dios bajaba en forma de paloma y se posaba sobre él. Y vino una voz del cielo que decía: Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto”.

”Se abrió el cielo”: La morada de Dios se hace intercambiable con la morada del hombre. Cielo y tierra se besan. Dios Padre ha enviado a su Hijo al mundo. Y no se avergüenza de ello. Lo hace saber y así cumple de modo superlativo las promesas realizadas en el antiguo testamento. En Jesús se cumple lo dicho por Isaías en la primera lectura. “Mirad a mi siervo, a quien sostengo; mi elegido a quien prefiero”. ”Te he tomado de mi mano y te he hecho alianza de un pueblo”. Dios es solidario con el mundo, con nosotros y no le somos indiferentes. Su Hijo viene para dejarnos claro que Dios está en favor nuestro y nunca contra nosotros. Su casa es nuestra casa y estamos llamados a entrar en ella por Jesucristo.

El Espíritu Santo bajó en forma de paloma y se posó sobre él. Una teofanía más donde el Espíritu Santo es también protagonista. Jesús es plenificado por el Espíritu, o el Espíritu se va “actualizando” en la medida que su vida va progresando. El Espíritu va a “habitar” en Jesús de forma permanente y fielmente. No le abandonará nunca y guiará sus pasos siempre. Será en la cruz, cuando él devuelva al Padre “su Espíritu”.

“Este es mi Hijo, el amado, mi predilecto”. Es la experiencia “fundante” de Jesús. Se sabe Hijo de Dios, enviado de Dios, amado de Dios, predilecto de Dios. Se sabe “Hijo” y por tanto reconoce a Dios como “Abba”, como Padre.

Y el Espíritu de Dios le va a llevar por otros derroteros en su vida. Irá al desierto y después de las tentaciones hará de su vida una itinerancia permanente anunciando el Reino de Dios.

Este es el anuncio de hoy: La presentación solemne de Jesús como Hijo de Dios y Ungido de Dios por el Espíritu Santo (Mesías).

Es hora de contemplar esta realidad y entusiasmarnos por ella, porque realmente la bendición de Dios no se queda en el cielo y porque en Jesús nosotros recibimos todas las bendiciones de Dios y el cumplimiento de sus promesas.

Está claro que del Bautismo de Jesús podemos pensar en nuestro propio bautismo. Pero no hemos de olvidar que nuestro bautismo es en el nombre de la Trinidad y hace referencia sobre todo a Pentecostés. Somos bautizados en el nombre del Señor resucitado.

Pero es cierto que en nuestro bautismo también somos elegidos por Dios y llamados “hijos suyos, hijos queridos y hasta hijos predilectos”.

Nosotros hemos sido elegidos para que nuestra vida sea la de hijos de Dios y demos testimonio también del Reino de Dios y anunciemos a Jesús como Mesías y como Hijo de Dios y por lo tanto como Señor.

Gonzalo Arnáiz Álvarez, scj.

 

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