Yo soy la Resurrección y la Vida

homilia

Yo soy la Resurrección y la Vida

DOMINGO 5º DE CUARESMA – A

“Había un cierto Lázaro, enfermo, de Betania”.

En el Evangelio de Juan, entre los varios enfermos curados o presentados a Jesús, el único que tiene nombre propio es LÁZARO. No es alguien indiferente ante la comunidad. Tiene nombre; ha sido llamado por Dios con su nombre y ha respondido positivamente al llamado de Dios. Es un creyente en el plano de igualdad de la comunidad de Betania. Para el evangelista es figura de la iglesia, comunidad de hermanos creyentes en Jesús resucitado.

Todos nosotros, en nuestro bautismo fuimos designados con un nombre propio, distintivo de nuestra persona, elevada a la categoría de ungido de Dios, elegido de Dios, santificado por Dios y llamado por Dios. En el bautismo dijimos SI a este llamado de Dios. Lo hemos ratificado después en nuestra confirmación y cada Pascua que celebramos anualmente.

Lázaro está enfermo. Lázaro representa para Juan, todos los enfermos del mundo. Hoy en Lázaro podemos ver todos los enfermos del coronavirus y tantos otros que están afectados por cualquier tipo de enfermedad. Son o somos muchos en las circunstancias actuales.

“Señor, mira que tu amigo está enfermo”

Las hermanas de Lázaro, toda la comunidad – iglesia de Betania, hace esta información- oración. No piden que venga a verlo. No piden que le cure. Ponen en manos de Jesús, con toda confianza, la situación de su hermano-amigo Lázaro. Dejan a Jesús que tome la iniciativa que quiera. Saben que está en sus manos y está en buenas manos el cuidado del enfermo.

Me sale, que hoy nuestra petición podía ser igual a las hermanas de Lázaro. Informar a Jesús y al Padre de la situación que nos rodea y que ellos conocen ya: Padre, estamos rodeados de una gran pandemia que pone en peligro muchas vidas. Estamos atemorizados. Tenemos miedo a la enfermedad sobre la que no tenemos ningún dominio y tememos sobremanera a la muerte. Esa realidad que es inexorable pero que cuando la vemos cercana entramos en pavor. Padre, te presentamos esta nuestra situación vital por medio de Jesucristo, tu Hijo y nuestro Hermano. Nos ponemos en tus manos. Haz de mí, de nosotros, lo que quieras. Sea lo que sea, queremos seguir dándote gracias.

“Esta enfermedad no es para muerte”.

Para Jesús, la única enfermedad que lleva a la muerte es el pecado y esa muerte es muerte. No vida. Esta enfermedad del virus o de otras enfermedades no son para la muerte. Más allá de la muerte física está la Vida. De eso va todo este evangelio de hacernos descubrir qué y quién es la Vida y la Resurrección.

“Se quedó dos días más”. Deliberadamente espera que siga el curso natural de la enfermedad. Jesús no viene a alterar el ciclo normal de la naturaleza.

“Lázaro, nuestro amigo, se ha dormido; pero voy a despertarlo”. Jesús utiliza el término “dormir” en vez de “morir”. Queda claro que él, en la muerte física, no ve la aniquilación del ser, sino que del sueño de la muerte uno se puede levantar. La vida que da la fe en Jesucristo esa vida, no la mata la muerte. Va más allá de la muerte. Y por eso, la muerte de Lázaro puede ser el momento propicio para que los discípulos descubran en profundidad el contenido de la fe en Jesús. Él es la resurrección y la vida. El será el vencedor de la muerte, de toda muerte.

El diálogo de Jesús con Marta es impresionante. Es un momento revelador de quién es Jesús. Es un encuentro de amistad y de confianza profunda entre dos amigos, entre dos iguales en la comunidad. Marta cree en la resurrección de los muertos en el último día. Jesús afirma que si cree, palpará que él es la resurrección y la Vida y que el que crea en él, aunque muera, vivirá.

Este es el quid de la cuestión. Las enfermedades pueden llevarnos a la muerte. Pero no deberían llevarnos a la desesperanza. La fe en Jesús es la clave de volta para penetrar más allá de la muerte en la verdadera vida o en la vida plena en Cristo resucitado. Jesús no viene a eliminar las enfermedades o la muerte física. Viene a comunicar la Vida que él posee. Esa vida es la misma vida de Dios, y esa vida permea toda nuestra vida y se expande o florece en el momento de nuestra muerte, de nuestra dormición, de nuestro paso a la Vida escondida en Dios.

“Lázaro, sal fuera”

Es el grito de Jesús ante el sepulcro. Un grito precedido de unos sollozos o lloros profundos de Jesús ante el dolor de la comunidad y el que le acarrea a él mismo la muerte de un amigo.

Esos mismos lloros y sollozos hoy resuenan en toda la comunidad creyente y en toda la comunidad mundial. Sollozos y lágrimas ante esta pandemia y otras pandemias (tan intensas y aún mayores que esta) que pululan por el mundo. Jesús no es insensible. Dios nuestro Padre no es insensible. En  Jesús, Dios Padre llora por nosotros y con nosotros. No me canso de decir que está de nuestra parte; que es el Emmanuel, el Dios con nosotros y esto es consustancial a él; y esto es lo que se manifiesta en el misterio de la Encarnación.

Estos sollozos, sufrimientos, lágrimas, miedos hoy se hacen oración. Oración confiada a Dios Padre por Jesucristo. Y nos ponemos en sus manos.

Y de nuestras manos deben salir todos los gestos de solidaridad y ayuda a nuestros hermanos enfermos, sufrientes o débiles.

Hemos de salir fuera de nuestros sepulcros y ponernos en acción. La pandemia debe ser superada con Dios y con nuestras manos. Sabiendo que él está poniendo sus manos fuertemente.

Nosotros nos atrevemos a pedirle que fuerce las leyes de la naturaleza y empuje al virus hacia lugares donde no sea activo.

Pero, insisto, que no seamos egoístas. Ahora que vemos las orejas al lobo clamamos a Dios. Pero cuando hay pandemias que no nos tocan, pasamos olímpicamente de ello y nos dedicamos a “nuestros muertos”. Nos dedicamos a vivir la vida alegre y divertida, sin empatarla con la divinidad como don recibido y sin conectarla con nuestros hermanos, aquellos que están privados de nuestros privilegios alcanzados tantas veces a expensas de los débiles

Tenemos que convertirnos a Dios y a los hombres nuestros hermanos. Tenemos que entender bien lo que significa que se “haga su Voluntad” en medio de nosotros. Nuestra esperanza en la Vida eterna no nos justifica ninguna desmemoria de las realidades de esta vida ni del pecado del mundo que todos contribuimos a sostener con nuestras reglas del juego.

Cuando escribo estas letras es el día de San Óscar Romero; Monseñor Romero de América, pastor y mártir. Óscar Romero supo juntar eucaristía y vida. No tuvo miedo a la muerte. O tuvo miedo, pero no dejó de apoyar al pueblo oprimido del Salvador, sabiendo que se encaminaba hacia el calvario donde la cruz martirial lo esperaba. Cada palabra u homilía que pronunciaba, cada gesto o visita que hacía significaba amontonar leña para el holocausto de su vida. Óscar es el modelo donde se junta la oración y la acción en la vida diaria. Óscar es el creyente que supo ver en las heridas de su pueblo las mismas heridas del Salvador. Óscar es el creyente que afirmo con la entrega de su vida que Jesús era para él, la Resurrección y la Vida.

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Gonzalo Arnaiz Alvarez scj
garnaiz@scj.es
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