Negarse a sí mismo

Negarse a sí mismo

El proyecto de vida que Jesús propone a sus discípulos es al menos chocante, por no decir desconcertante o escandaloso. Un proyecto imposible además de desagradable. ¿Será que Dios, para hacerse valer, pone pruebas irremontables a los hombres para probar su fidelidad? Si así fuera, mejor apuntarse a otro “Dios”.

La lectura de Jeremías (20, 7-9) puede dar pistas para deshacer el entuerto. Hay un previo en Jeremías que no se puede perder nunca de vista: Una experiencia profunda de una llamada de un Dios que le seduce y le envía a anunciar la conversión a un pueblo que ha experimentado en su historia las predilecciones de Dios. Pero que se había desviado de lo acordado en el pacto del Sinaí. Dios le envía a reconducir a su pueblo. Y tiene que gritar “Violencia” y proclamar “Destrucción”. Algo que resulta tremendamente desagradable a los oídos de la gente que opta por marginar al profeta. A Jeremías su misión se le vuelve “oprobio” y “desprecio”. Preferiría cambiar su palabra, dejar su misión, dedicarse a otras tareas. Entra en crisis existencial. Pero en el fondo de su alma está la experiencia fundante de su vocación y del amor y bendición de Dios sobre su persona. Por eso no puede contener la Palabra dentro de sí y sigue adelante su misión contra viento y marea.

¿Por qué Jeremías anuncia “violencia y destrucción”? ¿Es capricho de Dios? ¿O es el aviso urgente para decir que si no se cambia de dirección se llega al desastre para el pueblo? Pienso que es la tercera pregunta la verdadera, pero el profeta para anunciarla debe negarse a sí mismo y apechugar con la cruz de la humillación y del abandono. Jeremías vive para su pueblo y en favor de su pueblo a pesar de que la gente se ría de él y le crea un insensato.

En el evangelio (Mt 16, 2-27) encontramos un cuadro parecido. Jesús ha empezado a intuir que su mesianismo no es camino de rosas. Tiene que subir a Jerusalén. Hasta ahora había estado llevando su Evangelio por las periferias: Galilea, Decápolis, Samaría. Pero el núcleo duro estaba en Judea, en Jerusalén. Y allí debía anunciar el evangelio, comenzando por la llamada a la conversión. No era fácil desmontar todo un círculo de poder montado sobre la hegemonía de la Ley, el Templo, la Estirpe y la Nación. No era fácil anunciar un Dios de Vivos, Padre misericordioso, favorable a los marginados, presente en Espíritu y Verdad a todos los hombres, a los que ama como a hijos y les quiere ver que vivan en fraternidad. Por eso, Jesús prevé un camino de espinas, de entrega, de oscuridades, de renuncias y finalmente de muerte. Esta es su misión. Jesús no abraza ese camino por masoquismo, ni de él ni de su Padre-Dios. No hay otro camino porque el corazón del hombre está endurecido. No se percata de que una y otra vez busca salidas equivocadas. Busca salidas insolidarias. Casi siempre funciona el “sálvese el que pueda” y el que venga detrás que se fastidie.

Jesús, desde la gratuidad del amor del Padre por Él y por todos los hombres, quiere vivir esa gratuidad en la entrega de su vida en favor de todos sus hermanos aunque en ello le vaya la vida. Jesús, se descentra de su “yo”, se niega  “a sí mismo”, y sale al encuentro del otro y al encuentro del Otro. Esa salida, ese abandonar “los cuarteles de invierno”, ese abandonar sus seguridades personales y sus apetencias serán los preámbulos necesarios para poner toda su confianza en el Señor y dejar que sea Dios el que guíe su vida y la lleve hasta el final, aunque ese final suponga la entrega total en la cruz.

Pedro se escandaliza del programa de Jesús. Se asusta o no entra en sus expectativas que el Mesías pase por ser el oprobio del pueblo. La reacción de Pedro es normal; es nuestra reacción. Jesús, decimos, déjate de tonterías y sálvanos de otra forma, más fácilmente; que todo nos llegue como de la mano a niños pequeños y que no nos cueste nada, que no tengamos que renunciar a nada; que sigamos montados en nuestro “yo” y que nadie nos toque. Por favor, no nos pidas que nos neguemos a nosotros mismos y carguemos con la cruz.

Y Jesús nos dice: hermano mío, es que no hay otro camino. Si quieres salvar tu vida a todo trance, la perderás inútilmente. Si la entregas gratis, por amor, entonces es cuando la vas a salvar. Te repito, no hay otro camino. Todos los demás caminos son falsos y llevan a la perdición, tuya y la de los demás.

Hace 15 días decíamos que los dones de Dios son irrevocables. El don de la vida es el mayor. Es un don y por eso de agradecer eternamente. Soy fruto del amor de Dios que me llama a la existencia para que entregue gratis lo que gratis he recibido. Entregue gratis mi vida en favor de los demás. Ese es el camino de “perder” para “Ganar”. En el evangelio, el que pierde es el que gana. Claro está en dimensiones distintas.

Jesús se atreve a poner un dilema: ¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si malogra su vida? No sirve de nada, porque pierdes lo más valioso. Jesús afirma sin paliativos la durabilidad de la vida por siempre; más allá de la muerte. El final, la muerte, marca un antes y un después; un después favorable para todos aquellos que en esta vida han intentado seguir los pasos de Jesús o han intentado, como Él, hacer en todo momento la voluntad del Padre-Dios. Habrá que escuchar otra vez a Jesús: No tengáis miedo y ponernos  de nuevo a navegar mar adentro sin muchos miedos porque sabemos que Él va delante y nos precede siempre.

Por eso san Pablo (Rom 12,1-2) se atreve a decirnos: No os ajustéis a este mundo, sino transformaos por la renovación de la mente, para que sepáis discernir lo que es la voluntad de Dios, lo bueno, lo que agrada, lo perfecto.

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Gonzalo Arnaiz Alvarez scj
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