Este es mi hijo amado: Escuchadlo

homilía

Este es mi hijo amado: Escuchadlo

DOMINGO 2º CUARESMA-B

La primera lectura (Gen 2, 1-19), nos está recordando la ALIANZA de Dios con Abrahán. Una historia en la que hay tres protagonistas: Yahveh, Abrahán e Isaac.

Recorrer la historia de Abrahán es descubrir el calibre de su fe.  Es probado al límite de tener que sacrificar al garante de la promesa en quien tenía puestas todas sus complacencias. DIOS PROVEERÁ, es su grito y expresión de su máxima confianza en Dios. Al final de la historia el nombre de Dios será DIOS PROVEE. Un cambio de futuro a presente. Para siempre “Dios provee”.  Dios provee, aunque tenga que sacrificar a mi hijo; Dios provee aunque pasen cosas dramáticas en mi vida. Habrá que decir que “Dios provee” a su manera y no a la nuestra; habrá que decir que Dios tiene sus caminos distintos a los nuestros, pero de lo que no hay que dudar es que Él provee aquí y ahora. Toda esta historia nuestra está transida por este Dios providente. Todo lo que sucede está “engarzado” por la mano providente de Dios y llevado a buen término. No se trata de un “dios bajado del cielo” que remedia los males y nos pone a comer perdices, no. Se trata de un Dios para el que cada uno de nosotros es un “valor único”, que se abaja y pone a nuestro lado y que es garantía de futuro y horizonte de vida y esperanza.

Fijarse un momento en Isaac, es ver la figura anticipada de Jesús de Nazaret. Figura de silencio, obediencia, disponibilidad, respeto…. Carga con la leña (cruz) del sacrificio y sube al monte Moria (Gólgota). Se fía totalmente de su  padre Abrahán. Isaac sale bien parado de la historia. Jesús no lo saldrá. Abraham llega hasta el límite de la prueba. Dios PADRE y Jesús HIJO pasarán los límites de la prueba. Su FIDELIDAD queda probada amplísimamente. Esta última historia es la historia de la PASCUA definitiva que estamos preparando.

La segunda lectura (Romanos 8, 31-34) es un canto al amor de Dios. Lo que en Abrahán – Isaac es figura, aquí se hace realidad en el amor de Dios manifestado en Cristo Jesús. El “Dios provee” de Abraham aquí llega al máximo. “Si Dios está a favor nuestro, ¿quién contra nosotros?  Nadie nos puede separar del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús: ni la vida, ni la muerte, ni hambre, ni persecución…” Con un Dios así no podemos tener miedo. La salvación está garantizada porque Él no está contra nosotros sino a nuestro favor; y eso, aunque seamos pecadores. Nuestro destino es salvación.

En el evangelio de Marcos 9, 1-9  parece que el anuncio de la pasión se les ha atragantado a los discípulos. La cruz es un escándalo. “Maldito el que cuelga del madero” dice la Escritura. No puede ser que el Mesías muera de esa manera.  Además, el evangelio de Marcos, escrito en los años 70 de nuestra era, se escribe a una comunidad que está pasando tiempos malos. Rechazo de la sinagoga, de los judíos y están en marcha las persecuciones romanas iniciadas por Nerón. Ser cristiano significa arriesgar la piel y tener en el horizonte mucho de persecución, calamidad, ruina y muerte. Marcos escribe su evangelio para alimentar y motivar a esta comunidad. Nosotros podemos actualizar situaciones viendo nuestra realidad. Es cierto que en nuestra cultura occidental los creyentes podemos estar viviendo un cierto clima de hostilidad donde el mayor valor no es la fe en Dios sino todo lo contrario. Emergen y se le contraponen otros “valores” que pretenden reducir al ostracismo cualquier tipo de creencia transcendente.

Marcos, para dar luz y esperanza a esta situación trae a colación este acontecimiento de la Transfiguración que, sin duda, sirvió a aquellos primeros discípulos para encajar el valor de la pasión y de la cruz. Parece que el episodio narrado ahora acontece en la semana de “los tabernáculos” o de “las tiendas”. Siete días en las que los israelitas construían unas cabañas o tendajos donde vivían durante ese tiempo. Recordaban el tiempo que habían pasado desde el monte Sinaí (y la donación de la Ley) hasta la entrada en la Tierra prometida. Tiempo de brega y de tentación, pero donde habían experimentado el brazo fuerte de Dios y su fidelidad a la promesa. Un tiempo en el que fueron alimentados con el maná y las codornices y también con el agua de Masá o Meribá. De nuevo vemos al Dios providente, que cuida de la vida y es fiel a su alianza. En este contexto se entiende mejor el hecho de que Pedro quiera hacer 3 tiendas.

Jesús sube con tres de los suyos a un monte (Tabor) alto. Y se transfiguró. Es un momento cumbre y crucial en la vida de Jesús. Es un momento anticipativo. Lo que será un día, llega a ser ya ahora. En Jesús, desde el día de su bautismo, el Espíritu Santo comienza una gran labor de transformación. El hombre Jesús como que se va espiritualizando. El ser natural de Jesús es y será este, después de su resurrección, pero de momento debe mantenerse firme en su acontecer histórico de hombre como nosotros.

Elías y Moisés (Los Profetas y la Ley) es decir, todo el Antiguo Testamento, dialogan con Jesús. Las promesas del A.T. se cumplen en Jesús. Vemos como al final de la historia queda Jesús solo. Él es el “único” mediador. El mesías verdadero.  Viene la nube que baja y cubre el monte. Algo parecido a lo del Sinaí. Allí teníamos zarza ardiendo; aquí el que arde es Jesús mismo. Allí la nube cubre y Dios habla o pronuncia sus 10 palabras. Aquí Dios habla y proclama quién es Jesús: el Hijo amado (lo mismo que en el bautismo). Pero ahora añade: “Escuchadle”.

La expresión “hijo predilecto” evoca la figura del “mesías siervo” anunciado por el profeta Isaías (42,1). Y el “escúchenle” evoca la profecía que prometía la llegada de un nuevo Moisés (Dt 18,15). Con ello tenemos despejado el sentido de lo que sucede. Jesús es el nuevo Moisés. El dador de la nueva ley. Tenemos que escucharle mucho más que al propio Moisés.  Jesús es el “mesías” pero su mesianismo es de servicio, de siervo. Tiene que dar la vida, o mejor, perder la vida para que los otros la tengan abundante.

De aquí en adelante está aclarado el camino de Jesús. Deberá bajar del monte y dirigirse con decisión hacia otro monte donde ya no habrá transfiguración ni consuelo. El otro monte, en Jerusalén, será el Gólgota donde no será ahorrada su vida como lo fue la de Isaac, sino que derramará hasta la última gota de su sangre con la que quedará sellada la nueva alianza. Será la PASCUA del Señor.

El Tabor no elimina el Gólgota, pero lo ilumina. Jesús sale reconfortado, a la vez que decidido a subir a Jerusalén. Una vez más constata que Dios-Padre está a su lado y camina junto a Él. Nada ni nadie lo podrá separar de este Amor.

Jesús es nuestro precursor, o va haciendo camino delante de nosotros. Ya sabemos lo que nos toca. Pero sabiendo que todo lo que nos acontece tiene sentido, y que incluso el dolor, la pandemia y la muerte pueden tener “sentido” vividos en la actitud que los vive Jesús.

 

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Gonzalo Arnaiz Alvarez scj
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