Dehonianos

Louis J. Cameli

Un amigo me contó hace poco que había asistido a la misa dominical en otra ciudad. «El sacerdote estaba preparado», me dijo. «Leyó su homilía. Estaba bien estructurada y contenía información correcta. Pero me dio la impresión de que había sido generada por inteligencia artificial».

No sabría decir qué llevó a mi amigo a esa conclusión: probablemente una especie de intuición o de instinto. Su observación, sin embargo, despertó mi curiosidad.

Muchas de las innovaciones tecnológicas se me escapan. Suelo decir que soy demasiado mayor para estas cosas: al fin y al cabo tengo casi ochenta y dos años. Y, sin embargo, el tema de la inteligencia artificial y sus posibilidades –lo que puede y no puede hacer– me sigue fascinando. Así que decidí hacer un pequeño experimento, quizás un poco narcisista desde el punto de vista intelectual.

En los últimos años he escrito y publicado varios artículos sobre la sinodalidad. Abrí ChatGPT y le pregunté: «¿Qué dice Louis J. Cameli sobre la sinodalidad?». En menos de un minuto me encontré ante un informe de tres páginas sobre mi trabajo. Era realmente extraordinario: resumía mi pensamiento con una precisión incluso mayor de la que yo mismo habría logrado obtener. Sin alucinaciones, sin confusión, con mucha claridad.

¿Y entonces? ¿Acaso la homilía que mi amigo consideraba generada por la inteligencia artificial no podría haber sido tan válida y precisa como el resumen que ChatGPT había producido sobre mis escritos?

El Papa León XIV no piensa de esta manera. Y no solo en su reciente encíclica Magnifica Humanitas. Al inicio de la Cuaresma de este año, al reunirse con los sacerdotes de la diócesis de Roma, los invitó a resistir la tentación de preparar las homilías con la ayuda de la inteligencia artificial. Una verdadera homilía, explicó, consiste en compartir la fe, y la inteligencia artificial no es capaz de compartir la fe.

La observación del Papa es ciertamente acertada. A mi modo de ver, sin embargo, requiere una mayor profundización. Además, creo que la cuestión no afecta únicamente a los ministros ordenados llamados a predicar la homilía. Existe, de hecho, un ámbito mucho más amplio del anuncio evangélico, que involucra a quienes trabajan en la catequesis, en la formación espiritual y, de manera más general, en la evangelización. Es un desafío que interpela a toda la Iglesia.

Debemos reflexionar sobre la forma en que comunicamos el Evangelio a un mundo que lo necesita profundamente. En su núcleo esencial, esta comunicación consiste en compartir a Jesucristo, el Verbo. Mientras nos orientamos entre las múltiples y a veces desconcertantes formas de comunicación que ofrece nuestra era tecnológica, sigo convencido de la insustituible mediación humana necesaria para anunciar la Palabra. ¿Por qué?

La comunicación del Evangelio, en última instancia, no consiste simplemente en transmitir información, por importante que sea. Es, ante todo, la comunicación de una Persona: Jesucristo. Además, es un proceso personal que va de una persona creyente que anuncia a una persona creyente que acoge. Se trata enteramente de un encuentro entre personas.

Pero hay otro elemento que nos entrega nuestra tradición. Santo Tomás de Aquino utilizaba una expresión adoptada luego como lema por la Orden Dominica y recogida también por el Concilio Vaticano II para describir la predicación: contemplata aliis tradere, es decir, «transmitir a los demás lo que nosotros mismos hemos contemplado». Se trata de un proceso profundamente personal.

Encontramos un eco de la misma dinámica en las palabras de san Pablo a los cristianos de Corinto, tanto al hablar de la Eucaristía (1Cor 11,23) como de la resurrección (1Cor 15,3): «Os he transmitido lo que yo mismo recibí».

El mismo dinamismo del contemplata aliis tradere anima también el comienzo de la Primera Carta de Juan: «Lo que era desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que contemplamos y lo que tocaron nuestras manos acerca del Verbo de la vida… lo que hemos visto y oído, os lo anunciamos también a vosotros, para que también vosotros estéis en comunión con nosotros. Y nuestra comunión es con el Padre y con su Hijo Jesucristo» (1Jn 1,1-3).

Estas palabras muestran con claridad el paso desde la experiencia personal, vivida en toda su riqueza, hacia el anuncio.

Si seguimos reflexionando sobre la dimensión personal que acompaña necesariamente la proclamación de la Palabra, emerge un aspecto más. Esta dimensión no es simplemente personal en un sentido genérico: es profundamente íntima.

Lo que se anuncia nace de las profundidades interiores de quien proclama y alcanza las profundidades de quien escucha, llamándolo a una conversión plena de la mente, del corazón y de la vida. Quien anuncia la Palabra lo hace poniendo en juego su propia persona, revelándose con sinceridad, aceptando su propia vulnerabilidad y comprometiéndose a entablar una relación auténtica con los demás.

Aunque rara vez se perciba en estos términos, la predicación de un sacerdote a su pueblo es un auténtico acto de intimidad. A veces recuerdo esta realidad a grupos de sacerdotes, lo que suscita no poca sorpresa y, tal vez, incluso un cierto malestar.

Cuando predicamos, nos abrimos a los demás y manifestamos algo de nuestra vida más profunda. Los fieles tal vez no sabrían describir explícitamente el mundo interior de sus sacerdotes; sin embargo, al menos intuitivamente, comprenden si de verdad creemos en lo que decimos, si el Evangelio inflama realmente nuestro corazón o no. Este es el significado de afirmar que la predicación, el anuncio de la Palabra, es un acto de intimidad.

Existe además otra paradoja. La intimidad evoca espontáneamente algo privado, silencioso, sustraído a la mirada pública. En el anuncio del Evangelio, en cambio, ocurre lo contrario. La Palabra de Dios está destinada a llegar al mundo entero. Por eso, paradójicamente, su proclamación es a la vez profundamente íntima y plenamente pública, en su máxima extensión posible. Anunciar la Palabra significa habitar esta paradoja. Y es una paradoja que la inteligencia artificial no puede sostener.

¿Qué significa todo esto, a nivel pastoral y práctico, para el anuncio de la Palabra en la era digital, marcada por la inteligencia artificial y por una multiplicidad de plataformas? Recordemos ante todo que el anuncio no está reservado a los ministros ordenados: concierne también a padres, profesores, catequistas y evangelizadores laicos. ¿Qué implica todo esto para cada uno de ellos?

Creo que, como mínimo, significa que la Iglesia debe evaluar constantemente las herramientas de las que se sirve para anunciar el Evangelio, verificando si son realmente capaces de custodiar y transmitir la dimensión personal, íntima y pública propia del anuncio cristiano. Nada de esto puede reducirse a la mera transmisión de datos o informaciones, que constituye, en cambio, el terreno propio de la inteligencia artificial y de las diversas formas de procesamiento digital.

Significa también recordar continuamente a quienes están llamados a llevar la Palabra que ninguna inteligencia artificial podrá sustituir jamás a un corazón transformado por la gracia en el acto de anunciar el Evangelio.

Mons. Louis J. Cameli, sacerdote de la archidiócesis de Chicago, es delegado del cardenal Blase J. Cupich  ara la formación y la misión. Es autor del audiolibro Mary’s Journey. Artículo publicado en la revista America el 10 de junio de 2026.

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